“Me percaté entonces de que la alegría es un estado del alma y no una cualidad de las cosas; que las cosas en sí mismas no son alegres ni tristes, sino que se limitan a reflejar el tono con que nosotros las envolvemos”.
Miguel Delibes “La sombra del ciprés es alargada”
Porque no siempre la vida anda hurgándote en las heridas subterráneas del alma, puliéndote el corazón en piedra y derribando todos los muros que levantaste para protegerte de las tempestades que acechan sobre los tejados. Porque hay días que se presentan como un regalo inesperado cuando dabas por perdida la batalla en tu campo de rastrojos, y te marchabas con la mirada en cuclillas hacia el amargo territorio de los vencidos. Y te llaman, y abren sus brazos de par en par como los rayos del sol de un dibujo infantil. Y entonces notas que se vuelven a abrir los surcos por donde siempre se cuela la vida, gota a gota, hasta que vuelve a fluir el río. Porque a poco que arañes las paredes que te encarcelan aparece el azul bajo los grises y una ventana de cristales abiertos esperando que la saltes. Al otro lado. Allí donde las agujas avanzan a tu ritmo y los tiempos muertos sólo sirven para tomar impulso y seguir ascendiendo como una cometa arrastrada por la brisa de la playa. Allí donde puedes ver todo el lastre que tuviste que soltar, y comprobar que es posible sin que duela.
Porque nada encuentra más que congoja quien no escarba con uñas y dientes bajo los escombros del dolor y la pena.
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