domingo, 1 de septiembre de 2019

LO APRENDIDO



"Todo el mundo sabe que, cuando el Príncipe Azul despertó a la Bella Durmiente, tras un sueño de cien años, se casó con ella en la capilla del castillo y, llevando consigo a la mayor parte de sus sirvientes, la condujo, montada a la grupa de su caballo, hacia su reino. Pero, ignoro por qué razón, casi nadie sabe lo que sucedió después."

 "El verdadero final de la Bella Durmiente".- Ana María Matute       
 
                                            



   

La recuerdo vestida de luto siempre, apenas se permitía la gama de los grises en los cuadritos vichí de su delantal y el blanco de una moña de jazmines  adornando su vestido todas las tardes de verano. Jamás olvidaré el aroma y el calor intacto de su pecho al acercarme al amparo de su abrazo donde dejar olvidado el cansancio como si regresara de un largo viaje.
Era el sostén de la casa y la casa la razón de su vida, la cocina y su despensa con olor a café, la pila de piedra blanca y el pozo gris, sus azucenas y sus lirios y las rosas en la puerta, y una mecedora de madera que crujía al vaivén de sus pensamientos al fresco de la noche. Su mundo empezaba y terminaba dentro de las lindes que abarcaba su mirada. Más allá no había nada conocido. En un mundo en blanco y negro, todos los matices son grises.
Mi abuela fue mujer de carácter, demasiado para una época en la que sólo te dejaban elegir los aderezos del puchero y el orden de la ropa en los armarios. Una más en los tiempos de los océanos, otro mástil, otra vela sin viento ni rumbo a la deriva de los calendarios. Callada como si en el  silencio se encontrara la razón de su fortaleza, como si al cerrar los labios pudiera sellar los resquicios, ser una mole ajena a la debilidad.

Mi madre llegó al mundo rodeada de hermanos, ellos eran cinco y ellas sólo tres. Disciplina obligatoria, respeto a los mayores y algún cazo inesperado a la cabeza de algún chiquillo era el camino más corto para aprender a obedecer. Eran los tiempos del miedo, la censura y el recato. Era el tiempo de los hombres.
Cuando no conoces otra vida, la que tienes te parece maravillosa. Bordar flores amarillas en las sábanas blancas e iniciales azules en las toallas de algodón era una magnífica manera de pasar tus mejores años adolescentes mientras esperabas a aquél con quien compartirlas. Mi madre llenó sus cajones de sábanas bordadas y aprendió a cocinar, ya estaba preparada para ser una magnífica media naranja.
En su horizonte compartir ilusiones con un hombre sin etiquetas, que se olvidara de lo que era y del papel que el mundo le imponía, sentir su caricia hasta que plegara la noche, dormir arropada entre sábanas limpias mientras le contara la misma historia una y otra vez hasta hacerla reír. Nada demasiado extraordinario, nada que no fuese posible y necesario para protegerla del frío de la calle. Pero la intemperie siempre acaba por colarse por los resquicios de las ventanas, acaba curtiéndote  la piel, y te haces la fuerte,  te revistes de orgullo, y  a cada paso del otoño aprendes a caminar entre la bruma para acabar por acostumbrarte a la lluvia y nunca más temer la llegada del invierno.
A veces la recuerdo callada mirando hacia el trozo de cielo que recortaba la tapia del patio, sé que sus pensamientos volaban más allá de los muros de lo aprendido imaginando la vida de todas las mujeres que la habitaban. Nunca se permitió pedir, quizá por ello recibió mucho menos de lo que se merecía. Nos hizo felices y al cabo se sintió feliz.
Qué perfecta mitad fue mi madre.

Yo siempre supe que no quería ser la mitad de ninguna naranja, yo aspiraba a rodar cual naranja completa. Ningún valor nos ofrece la moneda de una sola cara. Quería equivocarme, avanzar o retroceder, hacer y deshacer,  y estirar los brazos hasta hacer ceder los muros de lo aprendido, aquéllos contra los que tantas aspiraciones chocaron a lo largo de la historia. Quería dar espacio a mi libertad  dejándome llevar por la magia de los días, y hacer posible hasta lo imposible.
La revolución tocaba a las puertas de los tiempos, pero apenas se entreabrían se daba de bruces con una realidad tozuda muchas veces sostenida por nosotras mismas.  Ahora tengo la certeza de que para cambiar algo hay que hacerlo desde dentro, nada nos transforma si no ponemos todo el latido, y no existe fuerza más poderosa que la que destila el latido de miles de corazones con nombre de mujer.

Hoy miro a mi hija con admiración, se reivindica capaz e igual sin rechazar su condición femenina. Se sabe grande y así la quiero. Aspira a crecer más allá de las lindes de sus fronteras, nada ni nadie le impedirá creer en su propio brillo, sólo su voluntad y sus miedos insalvables. No habrá paredes que la encarcelen para vivir, ni esperará una luna regalada, hay un cielo  plantado de estrellas que se derrama por las orillas para llenar el cuenco de sus manos.
Deseo que lleve aprendido todo lo que no querría ser, que pierda el miedo a ser feliz, que le dé la palabra al silencio o grite su voz a quien la quiera escuchar. Que se deje lamer las heridas o las ponga a sanar a pleno sol porque nadie manda en sus cicatrices. Que no se deje encerrar en el torreón de un castillo con foso y cocodrilos desde donde lanzar su trenza para ser rescatada. Dejar cerrada la puerta a la mentira cuando toca para no reconocerse en los espejos ajenos. Hay noches que conviene dar un paseo y no amanecer con sudores fríos, porque las noches sin palabras están condenadas a morir.
El destino se puede cambiar, el sol está en nuestro signo, y cuando anochezca vendrá la luna a ocupar su lugar y entonces será lo más.
Dejemos que la belleza siga currando.


 

Nota: El texto ganó el segundo premio del V Certamen Literario Antonio Pérez Oteros de la Fundación Francisco García Amo de Nueva Carteya, y a ella pertenecen todos los derechos.

martes, 4 de septiembre de 2018

EL TRAZO DEL CAMINO


                                 "El mejor camino es el que se tuerce" 
                                                     Andrés Neuman     “El viajero del siglo”

He vuelto y ya no estabas.
Te busqué entre los claros de luz de las ramas de los naranjos, acercando mis oídos a las rendijas de tus infinitos muros, posando las yemas de los dedos sobre el polvo que cubre las tapas de los libros olvidados en el desván, reteniendo mil segundos los olores a pleno pulmón por si acaso decidieras, por si acaso me trajeras, por si acaso tú volvieras. He intentado rescatar para el presente lo que sólo vive dentro de mí, lo que sólo existe porque yo lo recuerdo, y a veces pienso que  contarlo no es suficiente para que no se diluya entre las palabras que desvanece un tiempo loco por huir.
Me encuentro en este lado de un puente derribado que nadie hizo por levantar tras la riada, y a cada salto que me acerca a la otra orilla noto cómo se aleja el paisaje, se difumina entre las nubes que anuncian tormenta, todo se vuelve inalcanzable, lejano, ajeno como un camino a las afueras de mis fronteras. Las sombras que dibujan los árboles se convierten en fotografías del pasado que cuentan nuestra historia a partir del humo y las cenizas.
Todo ardió en el incendio.
Intento seguir adelante, dibujar mi propio mapa de días arañándole al reloj una hora tras otra, una estrella tras otra, pero siempre me detengo en un mismo instante, y entonces se deshacen todos los esfuerzos por continuar el trazo de mi ruta. Me acerco a una reja imaginaria y entre los barrotes oxidados me veo lejos, distraída y feliz como sólo se puede ser con ocho, doce o catorce años, cuando el mayor de tus problemas es el examen de mañana y no existen cantos de sirena que te desvíen del camino. Casi puedo tocar las horas que caen lentas como trozos de algodón, y a la vez cantar canciones en idiomas inventados.
Veo pasar mi vida  como en un cine mudo, con imágenes en blanco y negro, y a pesar de ello brotan palabras de colores por todas partes, y donde menos te lo esperas hay un atardecer privado, sólo para mis ojos.
Y vuelvo a ser feliz.
Hoy vamos tan deprisa que los momentos que no nos paramos a vivir nos miran pasar desde el arcén, y cuando hace demasiado frío intentamos calentarnos los pies para seguir destrozando más suelas de zapato. Pero no importa lo mucho que corramos, las noches frías siempre nos sacan dos cuerpos de ventaja.
 Tenemos cogida la medida desde donde disparar y salir corriendo como si no hubiera pasado nada. Celebramos conquistas cotidianas, pequeñas victorias, falsas treguas. Aplaudimos que hemos remontado el vuelo antes de rozar el barro aunque sólo sea para caer tres metros más allá. Vivimos con la vista puesta en el mañana, olvidamos que sólo existimos hoy, y apenas si hemos aprendido nada del ayer.
Somos hámsteres en su rueda a ningún lado.
Creemos divisar la meta al final de un camino inexistente, sumergidos en la marabunta avanzamos a codazos con el fin de colocar nuestro estandarte de papel de periódico en el pico más alto, y una vez allí, llenas de arañazos la piel y el alma, compruebas que allá abajo, en la ladera de la colina, quedó tu vida, tus sueños truncados, algún proyecto compartido y todos tus recuerdos. Y sientes el frío atravesando tus huesos por el filo que más corta, el viento gélido del norte congela tus venas, y es entonces cuando eres consciente de la enorme soledad en la que vives, eres el hombre más solo del mundo.
Los días se acortan a este lado del jardín, tras los rosales sólo queda un pasado flotando en mi memoria y al que no puedo regresar, tampoco sería la solución, ningún tiempo pasado fue mejor, y como diría el poeta “al lugar donde fuiste feliz no deberías tratar de volver”. Pero de vez en cuando necesito mirar por entre los barrotes oxidados de aquella reja y ver a esa niña que feliz y despreocupada canta canciones en idiomas inventados, mientras las horas caen lentas como trozos de algodón.
Cierro los ojos, aspiro todo el oxígeno que entra en mi pecho y noto cómo todo se ralentiza a mi alrededor y toma otra forma. Entiendo que las cosas tienen un principio y un final, pero sólo importa el trazo del camino.
Sentir para vivir o vivir sólo para morir.
Hay curvas imposibles en carreteras secundarias que no debemos tomar muy deprisa si no queremos vernos en la cuneta.  Nos perdemos en lo accesorio, le damos demasiadas vueltas a lo obvio, andamos a la pata coja empeñados en perdernos en los márgenes del camino, incapaces de mirarnos a los ojos sin antifaz. Levantamos castillos de piedra que los años desmoronarán dejando nuestros pies hundidos en la arena,  volverán a supurar  las heridas que creíamos cerradas, viviremos a merced de un juego de aprendizaje continuo de ensayo-error.
Quizá nunca aprenderemos a ponernos a favor del viento, ni brindemos con champán porque nos tocó un juego de azar. Puede que nos sintamos desgraciados, que hayamos perdido muchas oportunidades, que quien creó el universo se olvidó de nosotros y nos alquila un mundo en continuo desahucio. Quizá nunca nos tiendan una alfombra roja a nuestro paso ni nos citen en los diarios de la mañana. Seremos esa pieza que pretende encajar en puzle ajeno. Pero jamás perderemos todo lo que nos pertenece, tenemos las certezas, los calendarios repletos de días para celebrar, un rincón a la sombra de unos brazos con vistas al mar  y un montón de lápices de colores para trazar las lindes de nuestro propio mapa.
A lo mejor sólo llegamos a ser nosotros.  
En realidad no hay vallas que nos impidan aventurarnos en otros territorios desconocidos, nada que nos prohíba buscar las flores que crecen en los lugares más altos, o inventar besos y abrazos incluso cuando no toca. Podemos ser un charco más tras la tormenta o ver de nuevo el sol aparecer.
Cada mañana la tierra se despereza y comienza desde cero una nueva oportunidad para ti, estaría bien sonreírle al amanecer y agradecer el día que te regala por estrenar. Cerrar los ojos para que no se escape ni un trocito de vida, alimentar las ganas sin excusas y sin promesas a la vuelta de la esquina. Así que antes de alimentar el fuego piensa que puedes cambiar las reglas si no te gustan, tú tienes las riendas y los lápices de colores.

A lo lejos suena una canción, tres pasos más y empiezas a bailar.





Nota: El texto se presentó al IV Certamen Literario Antonio Pérez Oteros de la Fundación Francisco García Amo de Nueva Carteya, y a ella pertenecen todos los derechos. 

sábado, 2 de septiembre de 2017

A VECES ESCRIBO





                                                  "A veces escribo para que no se me olvide"
                                                                                            Juvencio Valle   


El siguiente paso tras vivir y sentir cualquier momento de tu vida es retenerlo en la memoria como principal testigo de tu historia. Y yo, que a veces escribo, quise dar forma a mis recuerdos más emotivos materializándolos en palabras, no sé si para no olvidarlos nunca o para que ellos nunca olviden que yo fui su actriz principal. 

Así fui llenando mi cuaderno con el eco de las párvulas risas en aquellos veranos de aguas transparentes y cielos estrellados, de cómplices lunas y juegos de niños en el patio del colegio. He vaciado los cajones donde se me apilaban los olores, los besos, las riñas, el frío, los te quiero que nunca dijimos y los abrazos que nos dimos. He sacudido las alfombras y desempolvado añejas historias de amigas para toda la vida con fecha de caducidad. Retrocedí las manillas del reloj y regresé a mis calles y mis fotos en blanco y negro para reconocerme en la mirada oscura de una niña de ojos tristes, media sonrisa y tirabuzones en las coletas. Recuerdos que siempre dejan un regusto dulzón y amargo en el cielo de la boca. Dulzura, añoranza y alguna decepción. 

Y he vuelto a ser feliz recordando que lo fui.

Pero también tuve la necesidad de vaciar en una página en blanco todo lo que me pellizcó el alma y lo que me la besó, lo que me decepcionó, lo que me erizaba la piel, mis contradicciones y mi mejor versión, lo que empuja a una lágrima para saltar al vacío derramando recuerdos por las mejillas, y lo que me dolió hasta romperme la vida en dos. Tormentas que estallan por dentro buscando certezas y que sólo encuentran respuestas veladas cuando llega la calma. Y momentos en que no fui capaz de destilar por los dedos lo que me bullía en el envés de las entrañas. Qué desalentador necesitar una frase precisa que nos haga sentir que la sangre sigue corriendo y comprobar que por más malabares que hagas con las sílabas no acaban de encajar en la pirámide.

Cuando el corazón me estalló en mil pedazos sólo tuve una herramienta para repararlo, la palabra. Me convertí en un lanzador de cuchillos, asaeteé cada página de mi cuaderno lanzando palabras envenenadas a una diana imaginaria para vaciar el dolor que me recorría las entrañas letra a letra, a la vez que sentía cómo se recomponía mi corazón a golpe de metáforas. 

Textos que resultaron ser terapéuticos para mi alma. 

Entonces no me importaba nada, ni siquiera ser víctima de la incomprensión o la crítica por la oscuridad, la hiel, el peso plúmbeo de mis palabras. Me hice un ovillo y anidé en el rincón más oscuro de un callejón que parecía no tener salida. Nada de luz, ni colores ni horizonte a lo lejos, ni siquiera el eco de las risas de antaño. Me ahogaba en el lodo y al menos chapotear en él me permitía seguir respirando. Andaba perdida en una selva negra de la que sólo podía salir a machetazos, aunque a veces las palabras se rebelaron contra mí dejando mi espalda llena de arañazos. 

Hay quien llora para aliviar su dolor, y yo, a veces, escribo.

Escribir era mi medicina, el pegamento que unía las piezas de mi corazón, mi catarsis, mi alivio, mi placebo, mi tirita. 

Y ahora que he vuelto a escuchar el latido, el tiempo me pide que me despreocupe, que respire, tregua para mis palabras exhaustas. Una especie de vacación para mis tormentas y mis fantasmas. Sólo conjugo la palabra justa que me impida caer de nuevo, la acuno, la balanceo hasta que consigo decirlo todo con un sencillo silencio, lástima que no siempre sabemos leer los silencios. Y he vuelto a escribir cuando lo he necesitado para remontar el vuelo a pesar de no ser capaz de levantar los pies del suelo. Me arriesgué trazando curvas peligrosas en busca de amores rectilíneos en carreteras secundarias. Me he contado cuentos y a veces me los he creído.

Hoy tengo las ideas en oferta y un cuaderno de rebajas. 

Pero a veces miro hacia atrás y releo lo escrito, y en cada texto me intuyo como si un cristal esmerilado reflejase mi imagen, y siento vergüenza, pudor y hasta culpabilidad. Me convertí en un poeta mediocre, de esos que nunca rompen sus malos poemas, y mi cuaderno en una especie de diario incompleto que mostraba de mí más de lo que yo imaginaba. Vergüenza como si estuviera desnuda en un escaparate a la vista del mundo, con el alma derramada mostrando mis miserias y mis miedos. Y culpable por haber fingido, por haber jugado al escondite con las palabras. Por haber mentido. Hoy confieso que nada de lo que he escrito es cierto, y sin embargo todo es verdad. Representante de un papel, una fingidora que en medio de tanta mentira no podía ser más sincera. Esconderme detrás de las palabras ha sido la manera más eficaz de encontrarme. Me he dado en cuerpo y alma sin necesidad de traducción. Soy yo, sin trampa ni cartón.

Y es ahora cuando me doy cuenta de que todo se me ha confundido en la cabeza, nada es ficción pura pero tampoco realidad objetiva. Los sentimientos se han reído del momento y del tiempo, se han reído de mí y han salido a flote cuando les ha dado la gana. Qué difícil seguir la línea del sendero sin hacer ninguna concesión. 

Probablemente escribir sea todo esto, una mezcla de realidad y ficción, te asomas por entre los renglones, y a pesar de llevar siempre una máscara, no deja de ser tu baile de disfraces.

Ahora tengo la certeza de que todo el que escribe sobre algo acaba por encontrarse de bruces consigo mismo. 

Quizá por eso, a veces escribo.


Nota: El texto ganó el primer premio del III Certamen Literario Antonio Pérez Oteros de la Fundación Francisco García Amo de Nueva Carteya, y a ella pertenecen todos los derechos. 

martes, 20 de septiembre de 2016

MAYO Y LLUEVE


                                                                     siete años de blog




                                                                                
 Mayo y llueve. Un tiempo desmandado que se ríe de los calendarios, un regalo para los que amamos el invierno a mediados de la primavera, un día de manta, café y libro.
            Frente a mí todo se conjura para que la inspiración fluya como gota de aceite que dibuja una a una las lindes de las baldosas que piso: la lluvia desorientada sombrea el paisaje tras la ventana, y un pájaro, siempre el mismo, deja su insistente trino sobre la baranda de mi terraza.
          Un día perfecto para escribir a pesar de mi torpeza, porque tengo la sensación de estar inmersa en un instante eterno y ni siquiera escuchar la lluvia sobre la ciudad vacía  hace que no me cueste empezar.
Mirar hacia la nada, dejar abiertas de par en par las puertas a los sentidos, sacar a la superficie el envés de mi corazón, abrirme y dejarme salir, respirar hasta por la yema de los dedos. Desparramar a mis pies vísceras y alma… y prestar a un teclado negro e inhóspito algo de lo que siento.
A veces me aferro a la tristeza como tabla salvadora, me demoro en los jardines marchitos, recuerdo los restos del desastre. Hablo con las sombras, quito la razón a los fantasmas, y mientras escribo me empeño en llorar como si esa afición fuera a durar para siempre. A pesar de todo intento huir del regodeo en viejas heridas que oprimen y ahogan y  no te dejan salir a flote, de llorar las lágrimas ya lloradas, incluso de las risas ya reídas. La vida no nos perdona que nos dejemos arrastrar por el fango del pasado, que malgastemos ese tiempo que nunca volverá, que se agota y no se compra.
Que insistamos en vivir lo ya vivido.
Pero qué poco sobre lo que escribir cuando se vive una felicidad sencilla aunque quebradiza, tranquilo con uno mismo y con todo lo que te rodea, cuando sólo nos altera el pensamiento la sensación de que en cualquier momento todo puede cambiar a peor. Porque sí, de vez en cuando, la mente me traiciona con esa idea y me la emborrona con trazo gris, como un rayo que rompe el cielo de mi sosiego, trayendo ese posible minuto que todo lo puede cambiar sin esperarlo y sin poder poner remedio.
La lluvia sigue cayendo sobre los tejados tras mi ventana. Qué de veces he deseado una lluvia de esas torrenciales que me llueva por dentro arrastrándolo todo a su paso, pero al final sólo siento que ando con goteras en el corazón encharcándolo todo.
Pasa el tiempo y el cielo sigue gris, cerrado y espeso como mi inspiración. Noto que las metáforas huyen de mí como las golondrinas de esta lluvia tozuda empeñada en arrastrar el polvo de las aceras hasta el útero de las alcantarillas. Quizá sea allí donde rebuscar para encontrar la palabra precisa, la frase perfecta, lo que nos inspira pero desdeñamos porque sabemos que nos hiere, como cuando llenamos un cajón de recuerdos que somos incapaces de tirar, porque al fin y al cabo forman parte de tu vida y hacen que seas tú y no otro, pero que queremos olvidar. Todo está allí, tan olvidado como presente, odiado y amado a partes iguales, en el trastero donde se acumula todo lo que hemos sido, lo que nos ha pasado, incluso lo que hemos idealizado de nuestro pasado.
Y sí, ha sido mucho lo disfrutado, lo sentido, lo llorado, pero es ahora, con muchos años sobre mi espalda, cuando me doy cuenta de que ha habido momentos, situaciones en las que  no he sido capaz de tirarme al barro con todas las consecuencias, y claro, me arrepiento. Hoy daría marcha atrás a mi reloj vital, y os aseguro que jamás volvería a desperdiciar mi tiempo en discusiones banales con personas de ésas que te restan energía y te agotan las ganas. Abrazaría mil veces más a mi padre o pasaría cientos de ratos más  charlando con mi madre sobre lo divino y lo humano, o sobre recetas de cocina, qué más da, cualquier cosa que nos mantuviera conectadas a cada instante. Gastaría las horas muertas de mis tardes en juegos de mesa con mis hijos, o me tiraría al suelo de la risa como una niña más con ellos, haría más veces de payaso para verlos reír hasta que el tiempo y la edad me hicieran parecer más bien una payasa intentando la complicidad de dos adolescentes.
A veces me embarco en ese tren de la memoria que me trae casi sin querer un regusto dulzón en la boca del estómago. Todo parece idealizado haciendo pasar por cierto el dicho de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero yo ya sé que esa afirmación tiene poco de cierto y que lo que hoy vivo me parecerá lo mejor de lo mejor mañana. Es por ello que últimamente ando empeñada en estrujar al máximo cualquier momento que vivo. Sé que no me perdonaría con el paso de los años no haber sido capaz de aprender a vivir de tal forma que sólo me arrepintiera de haber hecho algo y no de no haberlo intentado.
Miro por la ventana. Lluvia, viento, oscuridad…, no sé qué significa esto, si hay que hacerle caso a las señales o un buen corte de manga al universo y continuar mimando a las musas. Conviene no olvidarlas durante tanto tiempo.
El día se pliega y la noche poco a poco se va recostando a mi lado y una triste bombilla da algo de vida a los objetos de la habitación, aún no he perdido la esperanza y tal vez también ilumine estas piezas que tengo dentro y que no dejan de moverse buscando su lugar en mi cabeza, lo mismo que las hojas húmedas que un despiadado viento se empeña en arrastrar por las aceras mojadas. O quizá deba esperar a que pase el temporal, recibir al sol que de tan alto nos deslumbra, dejarme llevar por la magia de los días que vendrán. Será el momento de abrazarse a los árboles, de saltar las hogueras y quemar en las llamas lo viejo, lo que no sirve, lo que nos frena, lo que nos impide. Será tiempo de escribir deseos que se harán realidad, palabras que se transformarán en vida y nos resucitarán de las muertes cotidianas, independientemente del tiempo atmosférico.

Y escribir, escribir para que todo sea cierto.




Nota: El texto ganó el primer premio del II Certamen Literario Antonio Pérez Oteros de la Fundación Francisco García Amo de Nueva Carteya, y a ella pertenecen todos los derechos. 

lunes, 29 de agosto de 2016

29 DE AGOSTO




                           A mi padre, en su onomástica y por su cumpleaños.

 La madrugada a veces es mi amiga, me derrite un muro de mantequilla y noto las cosquillas de tus canciones en la caracola de mi oído. Abrazas mi cintura y bailamos un vals recorriendo los pasillos, un dos tres, un dos tres, y vuelta a empezar. La distancia se acorta, la luz brilla por debajo de una losa, y las frases me vuelven a querer.

A veces la madrugada no me ama, busco tu mirada sanadora y sólo la encuentro en las fotografías. Acerco a tu cara mi tacto indeciso y el frío me devuelve al silencio de tu boca. Una vez más la danza macabra de la muerte me obliga a bailar con el fantasma de la realidad.

domingo, 10 de abril de 2016

TAL VEZ...



“Si sabes adónde vas y qué harás, lo más probable es que termines sin saber quién eres.”
                                                               Andrés Neuman “El viajero del siglo”







Tal vez...

Busco una tranquilidad que me es esquiva, el tiempo se me escapa y me asfixia, se me anudan las entrañas con el alma y me agotan el oxígeno.
O me atrapó un sinfín que me sube, me sube, me sube hasta el azul… y me estrella contra el asfalto con alevosía muda y traicionera. Sé que mi carrusel es de mentira, una ilusión volátil y efímera, pero me aferro a la barra de mi caballito porque sólo en su vaivén paso de puntillas por este tiempo tacaño y escurridizo en estado narcótico y ausente.

Tal vez…

Olvidé que en el envés de mi latido existe una primavera donde brotan las palabras ahítas de emoción y a quien tira con fuerza de mis raíces tozudas y otoñales para devolverme a ella. Esquivo las bofetadas que profanan las lindes de mi morada más íntima, apago mis pupilas a la interrogante luz de una retina ávida de respuestas, defiendo mi fortaleza contra las indirectas directas al centro de mi frágil corazón parapetado tras el acero.

Tal vez…

Hay alguna señal de regreso, pequeñas pellizcadas en la boca del estómago. Quizás algunas palabras andan revolucionadas por salir de entre mis dedos. O sólo son trazos vacíos, lágrimas ya lloradas, risas ya reídas, sentimientos sentidos, emociones contadas. Grafías huecas, sin sentido y sin por qué. El eco de lo pasado.

Tal vez…

Todo vuelve a ser.


domingo, 15 de noviembre de 2015

MEJOR IMPOSIBLE





                                                
                              “Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad”
                                                                                                               Gladiador

 No sabría explicar, o quizá sí, por qué mis mejores viajes los hago siempre en el tren de la memoria; y heme aquí en uno de esos recorridos que poco a poco me llevan a desandar mi vida en blanco y negro. Hoy pienso en mi tío Antonio, y quiero que el viaje me lleve al primer recuerdo que tengo con él, cierro los ojos y retrocedo, lentamente, haciendo paradas en tantos y tantos momentos que disfruté a su lado, hacia atrás, un poco más, más…, y todos los intentos me apean siempre en el mismo lugar, la huerta. Veranos, Navidades y celebraciones, muchas celebraciones en familia; a nadie vi disfrutar tanto con esos pequeños detalles que nos regala la vida, una copa de vino, una tapa que lo acompaña, una broma, el beso de un ser querido, como a mi tío Antonio, y para ello tenía una pareja perfecta, su cuñado Adolfo, mi padre. Créeme si te digo que mi tío no se retiraba de la paella, y por ende de su cuñado, copa va, choricillo viene, y una copa más, y risa, mucha risa. Para disfrutar de la reunión el mejor sitio era donde estuvieran ellos a pesar de la diferencia de edad. Era impresionante la cantidad de anécdotas que contaban de “aquellos tiempos”, ninguno tenía hermanos varones, así que se hicieron ellos mismos hermanos y se querían como tales.

Creo que de ellos aprendí que para ser feliz sólo hay que saber sacar el jugo a todo lo que nos rodea, por simple que sea. Que todos los problemas tienen una solución a la que siempre se llega si en ello pones tu empeño y trabajo.

Mi tío Antonio no era un tío más, además de ser un miembro de mi familia era alguien a quien admiraba de verdad, era mi mejor maestro y créeme, he tenido muchísimos a lo largo de toda mi vida estudiantil, y aunque siempre sentí que sus clases eran amenas y muy muy muy provechosas, es ahora, en mi edad madura, cuando soy plenamente consciente de todo el bien que me hicieron sus métodos de enseñanza, su empeño en la correcta ortografía, su amor por la literatura y su afán por inculcarlo. 

Recuerdo su cara de orgullo al comprobar en una de esas reuniones familiares y de amigos que yo, alumna suya, aún recordaba el autor de muchas obras que los que no habían pasado por sus clases ya tenían olvidados. “Trabajo cumplido” decía su gesto. 

Quién dijo “lo breve si bueno dos veces bueno”, dónde colocar las haches en la frase “ahí hay un hombre que dice ¡ay!”, ¿acento o tilde?, …y las Rimas y Leyendas de Bécquer… uf, qué cantidad de cosas aprendimos gracias a él. Y qué bien nos hizo ese cuaderno de redacciones en el que no sólo dejábamos nuestros pensamientos, nuestros gustos, nuestros sentimientos, sino que también nos sirvió como una herramienta básica a la hora de construir frases con sentido y correctas desde el punto de vista de la ortografía. Supongo que tendría algún defecto como maestro, ¿quizá que hablaba en un tono muy alto?, no sé, quizá, por decir algo, porque lo que para unos es un defecto, para mí no lo es ya que prefiero el tono alto al susurro endormecedor en clase.

Sigo el viaje en este tren de la memoria, los momentos se sobreponen unos a otros y me dibujan una sonrisa casi sin querer. Mi tío era un negado para la cocina, no sé si alguna vez llegó a freír un huevo, eso sí, disfrutaba de la comida a pesar de su mujer, mi tía, que le avisaba de los excesos de la sal, de la grasa, del alcohol, del azúcar… Tampoco era un manitas para las cosas de la casa, lo recuerdo escoba en mano barriendo el “llanete” de la huerta y créeme, barrer no era lo suyo.

Poco puedo contar sobre sus quehaceres como político, todos sabemos de su compromiso desinteresado para con su pueblo, de su entrega incondicional y por supuesto de su honradez, no se puede dar más, no se puede pedir más.

Sé que sus amigos eran legión y eso no todo el mundo lo puede disfrutar, para ello debes estar hecho de una pasta especial.

Avanzo en mi viaje y lo veo en una cama de hospital, qué mayor se va haciendo, pero cómo conserva esa actitud cariñosa de siempre, cómo agradece la visita, qué ganas de reponer fuerzas y salir de allí para volver a casa con la familia, a charlar con algún amigo por el paseo, para seguir participando de los días festivos y de todos los actos culturales que ofrece Carteya, eso sí, bien vestido de chaqueta y corbata, “qué guapo estás tito” y él agarrándose el nudo de la corbata “a que sí sobri”.



martes, 15 de septiembre de 2015

EL LADO EQUIVOCADO





“Debemos arrojar a los océanos del tiempo una botella de náufragos siderales, para que el universo sepa de nosotros lo que no han de contar las cucarachas que nos sobrevivirán: que aquí existió un mundo donde prevaleció el sufrimiento y la injusticia, pero donde conocimos el amor y donde fuimos capaces de imaginar la felicidad.” 
                                                                                             Gabriel García Márquez

A veces imagino que no nací en este lado del planeta, que otro sol tatúa las arrugas en mi frente y que una tierra roja, seca y estéril se escapa de mis manos con la misma celeridad que la fina y dorada arena de una de esas playas que dormita en la memoria de un viejo cajón. Y me descubro dando las gracias a un Dios inexistente por permitir que mis ojos sean testigo un día más del azul que se esconde tras este cielo de grises al que siempre llamo sin obtener respuesta; porque allí, en ese mundo sin Dios, se pierde en la inmensidad de la nada el eco de todas las súplicas, de todos los llantos, los chillidos de dolor, los rezos, y el más mínimo atisbo de humanidad.

Hay días, de esos tontos, en que sin proponérmelo, vuela mi pensamiento y hasta los huesos notan la gravedad del vuelo, y me voy, lejos, a la otra cara de este mundo, ésa que ninguno llegamos siquiera a imaginar, allí donde las palabras han perdido su verdadero sentido y se han convertido en certera metralla, un lugar donde no queda sitio para el amor ni la poesía, ni siquiera para la risa de los chiquillos. Es difícil sonreír a boca llena cuando en el estómago caben todos los vacíos, y también en el alma. No hay ternura ni metáforas que alimenten un espíritu desvencijado, tanto como el puñado de huesos y piel que a duras penas me sostiene en pie. 

Imagino que reposo mi cabeza sobre un viejo cojín venido no se sabe de dónde, bajo un techo de ramas que cimbrea la negrura de una noche sin paredes. Contar estrellas no evoca ningún recuerdo hermoso de la niñez, el único recuerdo de cuando era niña es el de los alaridos de mi padre cuando un día, antes del amanecer, se lo llevaron los soldados y nunca supimos por qué. La guerra para nosotros no es un período de tiempo, aquí las guerras se suceden una tras otra sin apenas algún intervalo para la paz, y clamar al cielo no sirve de nada cuando estás en el mismo infierno.

Me veo en mitad de una tierra de náufragos, sobrevivientes que arañan segundos al aire para seguir vivos en un eterno invierno. A mi alrededor chiquillos de miradas infinitas suplicando sólo una milésima parte de lo que se les niega por haber nacido en el lado del olvido. 

Y la impotencia recorriendo el interior de mis venas como inquilino tozudo y al que nadie invitó.

Qué difícil mantener una ilusión, intentar conseguir un sueño en un mundo de desolación, hambre y guerra. No hay palabras de fe que calmen el dolor de quien vagabundea perdido entre decenas de almas sin futuro, y del presente lo único que importa es salir de aquí porque nadie llegó ofreciendo un mañana, nadie paró el reloj y dijo ya basta.

Este mundo delimitó sus fronteras con el trazo del saqueo, la tiranía y la injusticia, y un reguero de sangre inocente, poco a poco, va colmando las tripas de una tierra sedienta, insaciable. Quién sabe si al final acabará por estallar desde el interior, como un volcán cuya lava lo tiñe todo de rojo a su paso, volviendo a recolocar cada espacio desde más abajo aún que de sus propios orígenes.

Mientras, el tiempo pasa y no espera y hay que seguir viviendo aunque no se sepa cómo ni para qué. Se suceden los días con la sensación de que hay que hacer un ejercicio para todo, inventando una motivación constante para no tirar la toalla y seguir respirando. Buscando entre las piedras, arañando el agua bajo la tierra, y hasta esquivando las balas. 

Este mundo es marrón a pesar de la luz que la mañana derrama sobre su lienzo. 

Languidece la tarde, la noche deja caer su manto de silencio y miedo sobre el poblado, y la soledad, esa compañera indolente, más asentada que nunca se recuesta a mi lado, noto su aliento en la nuca, compartimos espacio, roba mi sombra. Con suerte, mañana seguimos vivos y hasta volverá a caer el maná del cielo. Siempre hay almas buenas y conciencias que aligerar de culpa, actos que nos hagan parecer más humanos.

En el aire miles de preguntas que es mejor no hacer: quién decide por nosotros, quién elige número y vez, por qué una vida vale según el lugar en que le tocó nacer. 

Mis pensamientos siguen siendo cortos y acelerados, a trompicones como sólo pueden ser en un mundo de sobresaltos. 

No existen los deseos, ni las ilusiones, ni siquiera la quimera de un sueño, y a pesar de todo decidimos seguir viviendo aunque sin saber cómo hacerlo, con la protección que brinda la intemperie. 

Y la sequía pisándonos los talones.

Daría lo que fuera por mirar a lo lejos y atisbar un horizonte aunque fuese incierto, tener que decidir entre varios caminos y equivocarme, errar, tropezar, caer y volver a levantar las ganas; poder verlo todo desde el cielo, desde donde sólo miran los que tienen los pies bien asentados en el suelo, y luego poder contarlo sin dolor ni agonía martilleando mis sienes. Pero esta vida te ciega como cuando miras al sol de frente y tienes que cerrar los ojos para no deslumbrarte, y notas que estás en mitad de algo incierto, oscuro, que te hace imposible reconciliarte con ella. 

Sé que me basta con abrir los ojos para descubrirme en una cama de sábanas de algodón con olor a recién planchadas, y que al levantarme el sabor de una taza de café acabará por entonar mi cuerpo. Luego una ducha caliente y una ciudad con miles de posibilidades al alcance de la mano. Pienso que ese mundo tan lejano en realidad está muy cerca de mí, viaja a través de mi almohada hasta aquel viejo cojín venido no se sabe de dónde. Pero no puedo sentir culpa por haber nacido en este lado, sí por la queja, la insatisfacción permanente, la debilidad, las nimiedades transformadas en montañas, los excesos, la codicia, la incapacidad de ser feliz a corazón abierto y, a veces, por no saber cuáles son las cosas que de verdad importan.

De golpe he aprendido que en la vida, cada día, nos exponemos al azar de una caída, un accidente de coche, una llamada que nos cambia la existencia, y para ello estamos más o menos preparados, pero que muy pocos de nosotros, o mejor ninguno, nos imaginamos víctimas de un azar caprichoso que nos haga nacer en el lado del hambre, la sed, la enfermedad, la guerra y la falta de ilusiones. Y que podemos negarlo durante años, silbar por encima de nuestro propio hombro, taparnos los oídos, cerrar los ojos, ojos que no ven… Pero la realidad es tozuda y no desaparece con sólo desearlo; se convierte en tema recurrente cuando escasean las noticias de interés y cíclicamente aparece en nuestros salones removiendo conciencias.

Sé que ninguna realidad cambia por plasmarla en palabras que la mayoría de las veces acaban relegadas al felpudo de los grandes eventos, pero al menos, creo, es un primer paso.

A veces imagino que nací en el lado equivocado.




Nota: El texto se presentó al I Certamen Literario Antonio Pérez Oteros de la Fundación Francisco García Amo de Nueva Carteya, y a ella pertenecen todos los derechos. 

lunes, 23 de febrero de 2015

MÁS DE LO QUE ME DAS



“Hay siempre en la vida y en los viajes ese cruce de trenes en que uno no sabe adónde va ni por qué se va.”
                                                                     Francisco Umbral “Las ninfas”





No sé si hago lo suficiente por ti más allá de sostener el hilo que cual cordón umbilical nos une como un todo indisoluble, como una madre a su hijo, como la noche y la mañana a los días. No me esfuerzo, no tengo ganas de quererte, atiendo a tu llamada como a una obligación, y al poco mis dedos y mis ojos desvían la atención y acabo por sentir, no sin culpa, el alivio de quien aligera el lastre sobre su espalda. 
Te me quedaste pequeño, colmé tus bordes de tristeza, aligeré el cuenco de mis ojos y agoté un mar de metáforas que no hacían más que añadir sal a la herida, a la vida, a mi vida. 

Pero pienso en ti. Siento una especie de cobardía que me impide cerrar la puerta como si detrás sólo las tinieblas me esperaran, como si yo dejara de ser yo tras echar el cerrojo, como si el arrepentimiento se fuera a extender cual mancha de líquido viscoso por mis vísceras, como si no hubiera para mí la posibilidad de dar marcha atrás. 

Y quiero más. Quiero la risa, la alegría, la anécdota, la polémica, la acción, la bulla, la inmediatez. 

No te dejo. No puedo. Pero quiero más de lo que me das y no sentirme culpable. 


domingo, 25 de enero de 2015

UN POCO MÁS SOLA



"Gracias por esta bella aventura, ahora te toca vivir una nueva. Te quiero"
                                                                             Una aventura de altura




A veces todas las palabras de fe no nos sirven como consuelo. Hoy sé que un corazón es capaz de ensanchar sus lindes hasta el infinito para abarcar toda la pena y el dolor que creía insoportable, inimaginable. 
Se deshilacha mi vida. El tiempo se empeña en arrancar de mi piel los jirones que aún puedo palpar y oler de aquel ser que fui y que se va desdibujando como una carretera que dejamos atrás una noche de niebla.

Recordarte, sí, el recuerdo es lo único que nos dejas, lo único que aviva la llama de todas las risas, de todas las miradas que llevamos dentro. Tras el desconsuelo nos quedas tú en la memoria, tú cerca de nuestro latido, tú en muchos de nuestros mejores momentos. No se marcha del todo quien vive en nosotros, y tú formas parte de mí. Y me es tan cercano tu recuerdo que aún puedo ver el verde de tu iris bajo el agua helada de aquella alberca de nuestros veranos. Distingo entre las voces el eco de tu voz llamándome al pie de las escaleras. Aún escuece en mi garganta el humo clandestino de tantos cigarrillos que nos hacían sentir mayores detrás de los granados. Y mi piel se calienta con el roce de tu pijama en tantas noches infantiles de sueños compartidos.

Nunca echamos de menos aquella hermana que ni tú ni yo tuvimos, nos teníamos la una a la otra, primas y siempre juntas. Sólo primas, y tan distintas que formábamos un todo, lo que a mí me faltaba tú lo tenías.

Hoy nos sentimos un poco más solos, pero además de tu recuerdo nos dejaste una lección de vida, aceptar el presente y poner todas las ganas en vivirlo a pesar del dolor.


miércoles, 17 de diciembre de 2014

CONTAR Y ESCUCHAR

“La vida se trata de cerrar los ojos y abrir las manos. Todo lo demás está hecho  de rencor y rencillas. No vale la pena detenerse en eso.”

                                                   Ángeles Mastretta    “Maridos”


Si te descuidas, al volver una esquina, puede que te choques de golpe con ese viento que te susurre en la nuca la verdad de cómo te sientes. Y puede que no te guste lo que escuchas. Mirarás hacia abajo y descubrirás que tus pies pisan un eterno invierno, y que estás muy sola, más lejos que nunca de quien incluso tienes al lado. Te preguntarás qué sentido tiene todo esto de vivir si te obligas a hacer lo que no sientes y al mismo tiempo te reprimes para no dejarte llevar por lo que sí sientes en realidad. Nada tiene sentido si te mantienes en tu burbuja antivida, ésa que tú misma has creado y de la que no sales no sea que te miren y te quieran hablar. Quiero no dejar de contar que estoy triste si siento tristeza, y quiero mostrar mi felicidad si soy feliz. Escuchar y pensar, contarte y escucharte mientras caminamos por el puro placer de caminar. 

Salir afuera, tocar y besar, reír y compartir, no temer al ridículo ni al qué dirán, bajar hasta el asfalto si te caes, y que me hables aunque de nada me conozcas. 

Sería una manera perfecta de vivir. 

FELIZ NAVIDAD

lunes, 24 de noviembre de 2014

MI MUNDO CONTIGO

El tiempo me enseñará a vivir sin ti pero nunca me enseñará a olvidarte.



He llenado demasiadas páginas de palabras ahítas de rabia y de dolor. He apretado los dientes, y a empellones, sin orden ni concierto, las saqué del rincón en el que se apilaban y las escupí en el cristal, como quien vomita un ácido que le arde en la boca del estómago. 

Y me han quemado la yema de los dedos. 

No sé si anduve mucho tiempo perdida, errática en un mundo en el que sólo habitan las que apuñalan donde más duele, y vagabundear por sus callejones oscuros, con rumbo a ti, lejos de mí, fue el único salvavidas que me sirvió para encontrar la luz.

Hay momentos en que debes hacer un agujero bien hondo en el suelo para poder ver el cielo.

Dicen que el tiempo acaba por curar las heridas del alma, las mías se aliaron con el incesante desfile de días por el que se desliza mi vida y poco a poco devinieron en cicatrices. Están ahí, pellizcándome por dentro, oprimiéndome las vísceras y el alma, disfrazando el dolor, taponando mis miedos, fingiendo que no existen, pero al fin permitiéndome reencontrarte en las horas desordenadas de la memoria sin ahogarme al borde de una lágrima.

Seguir viviendo en otros mundos, da igual cuáles, lejos del nuestro, me es posible tras ganar mil batallas a mis pequeñas tristezas. Aceptar que no estés tú en el mío ha sido la peor de mis contiendas. 

Ahora que no es posible mi mundo contigo, que me faltan tus besos, tus abrazos y los te quiero a deshoras, ahora que no hay pasillos que me conduzcan a ti, que no hay mesa compartida ni madrugadas de charla y copita de anís, habito otro en el que te siento aquí adentro, muy cerca de mi latido, traspasando incluso las fronteras de mi piel, en el que soy porque tú fuiste, en el que te reconozco en el envés de mis gestos y en la forma precisa de mis actos; porque el día de tu despedida me miraste a los ojos y taladraste en mi retina una promesa que has cumplido, sé que jamás te fuiste del todo, y a veces te siento más cerca de mí que a otra gente que se sienta a mi lado en el sofá. Sólo me falta llamarte en voz alta, papá.

Hoy quiero volver a conjugar aquellas palabras blancas que olvidé hace años, esas que acarician el pelo y dibujan besos en la piel de las mejillas, las que intentan recorrer los contornos de nuestro mundo sin acabar emborronadas en agua y sal. Aunque sé que ningún juego de letras te haría justicia.

Y recuerdo nuestro mundo…

Un lugar lento en el que las horas viajaban a pie, de ese indeterminado color azul que tanto nos gustaba, en el que tú eras el único héroe de mi cuento perfecto, la red que me salvaba del frío asfalto en mis caídas y despejaba mis días de tinieblas infantiles. Me hiciste sentir amada, la niña más querida del mundo. Y me enseñaste a soñar, a creer que podíamos crear un universo nuevo alrededor, íntimo y privado aunque de puertas abiertas, a nuestra medida y con sus propias normas aptas para ser rotas, y un código de gestos que sólo tú y yo conocíamos. Un mundo en el que sentir con las puertas del corazón abiertas de par en par y contarlo sin esquivar la mirada, un lugar en el que lanzarnos a la aventura del amor hasta desaparecer con todas las consecuencias. Y aunque ese mundo nos situaba a cierta distancia de la realidad, ir de tu mano cómplice a la búsqueda de aventura no tenía precio.

Arañábamos tiempo a los relojes para nuestras pequeñas locuras, y las horas se estiraban complacientes hasta la madrugada, aunque al cabo tú no resistieras los envites del sueño y acabaras olvidando nuestro pacto, abandonado al placer de los brazos casi maternos de Morfeo.

Los días siempre se adivinaban de rojo en los calendarios por el simple hecho de verlos amanecer y despedirlos con honores a esa hora incierta en que desaparecen por las orillas de los almanaques. Sabías que la vida gira alrededor del eje de las cosas que de verdad importan, y ésas no tienen precio. Reunir a los tuyos, a los que quieres y te quieren, disfrutar de sus besos, de sus abrazos y sus risas, de su compañía, es la más bella poesía que encierra la verdadera esencia de la vida, y tú lo hiciste hasta el último momento, cuando los zarpazos del tiempo te hirieron, menguándote, mellándote y partiéndote las fuerzas.

Formar parte de tu mundo, de tu espacio y de tu tiempo, ha sido la mejor manera de aprender a vivir, disfrutando de las alegrías que nos tocó en suerte, y aceptando los sinsabores con que el azar nos azota con la mayor elegancia posible. Me enseñaste que la vida se alimenta de las cosas más sencillas y de las ganas de hacerlas, que hay algo mucho mejor que desear un buen día, hacerlo. 

Fuimos cómplices en mil batallas domésticas, de ésas que hacen especial lo cotidiano. Qué no contarían las paredes de esa cocina. Hoy recuerdo tantos momentos vividos en ella que me es imposible contener una sonrisa, ¿recuerdas aquel día en que preparamos entre los dos una fuente de fresas con zumo de naranja y azúcar? Al final acabamos echando todo el azucarero sobre la fruta. En la mesa nadie supo de qué nos reíamos mientras disfrutaban de las fresas más dulces de su vida. O aquellos preparativos para la Nochebuena en que no nos poníamos de acuerdo en cómo debe colocarse el marisco, tú al montón, yo girando por el borde de los platos. “Corta finito el jamón, papá”, “no, a mí me gusta a taquitos”. 

Siempre esperando mi regreso para tomarme del talle y lanzarnos a bailar por los pasillos mientras tarareabas tus canciones inventadas en mi oído, ajenos a quien nos miraba, como si hubiéramos perdido definitivamente el juicio. 

Pero también hubo momentos en que el azul de nuestro mundo pareció desdibujarse por los bordes de su cielo. Hoy los recuerdo y aún siento una punzada arrepentida en el centro de mi pecho. A veces tomas caminos que no te llevan a ninguna parte, y cuando te das cuenta retrocedes y vuelves al punto de partida. Regresé con el miedo a los reproches agarrado a los tobillos, pero allí seguías tú, esperando a tu niña de siempre, no pediste explicaciones, hay ocasiones en que imaginar es la mejor manera de conocer. Sabías que era cuestión de tiempo que yo tomara el próximo desvío, y volvería como si nada a recoger la sonrisa en el mismo lugar en que la habíamos olvidado. 

A veces, de madrugada, cierro los ojos e imagino aquel lugar al que siempre quiero volver, allí estás tú con tu sorbito de café matutino en las manos, o acercándote a mí para que oliera la colonia Nenuco con que te empapabas al salir de la ducha. No puedo borrar esa imagen de mi cabeza, ni tu voz en mi oído susurrando te quieros. Los abro y todo sigue en su lugar, mi destino, mis pensamientos, la tozuda realidad, la verdad sin tu presencia sanadora. Y vuelvo a dejar pasar el tiempo tachando estrellas de un cielo casi negro mientras me convierto en un ser poco amante de la vida. Y claro, me siento culpable. Se cumplieron los plazos del duelo y además tú no lo mereces. Sé que sonríes cuando yo río, que sufres mis penas como propias, y mis mínimas victorias son tu mejor recompensa allí arriba desde donde me miras.

Hemos habitado un mismo mundo, pero eso no tiene ningún mérito, lo realmente importante es haberlo hecho bonito.


Nota: El texto ganó el segundo premio del IX Certamen Literario de la Fundación Francisco García Amo de Nueva Carteya, y a ella pertenecen todos los derechos.


miércoles, 29 de octubre de 2014

IMPORTANCIA

Quiero 
Que todo vuelva a empezar 
Que todo vuelva a girar 
Que todo venga de cero 
De cero...
                             Dani Martín




Pareciera un acertijo, pero cuanto más pegado a mi costado te mantengo, más lejos de mí te siento. Tú te agarras cual náufrago a su tabla mientras la espuma se arremolina en el interior, va y viene, lleva y trae el dolor.
Y ahora pienso en ti, en cada minuto a mi lado, como un perro fiel, anticipándote a mis órdenes, complaciendo mis deseos, sirviendo y acatando sin preguntas los caprichos de un tirano.
Mil perdones no bastarían para resarcirte de tanto desprecio acumulado, de tanta indiferencia, de tanto olvido, de tan cruel y abyecto maltrato.

Hoy me muero de ganas por tomarte entre mis manos y acariciar tu envés con el roce tibio de mis labios, y tomar certera nota de lo que acontece contigo a mi lado, hacer de tu presencia algo insólito y extraordinario. Lanzaré al viento miles de confetis al compás de la fanfarria, volverás a ocupar el lugar que te corresponde pero esta vez sobre alfombra roja a tu paso.

Te mimaré, y vestiré de importancia hasta el movimiento sutil de tus dedos dentro de mis sueños.


sábado, 20 de septiembre de 2014

EMPEZAR EN DOMINGO

“Escribir un poema inteligente es cosa fácil. Emocionar con él, sólo lo consiguen los elegidos.” 
                       Andrés Trapiello  “El gato encerrado”


Os aseguro que no busco el aplauso ni la felicitación. A estas alturas ya no sé si acaso busco algo explicable, con sentido o razonable que justifique mis apariciones cada vez más dilatadas en el tiempo por aquí, aunque totalmente fieles por vuestras casas; y a veces me pregunto por el motivo que me impide cerrar y a otra cosa. Hoy me dio por recordar a una vecina de cuando era pequeña, de los refranes y dichos con que siempre remataba las conversaciones, y en especial de uno que decía así: “lo que se empieza en domingo nunca se acaba”. Pensado y hecho, heme aquí buscando la fecha del 20 de septiembre de 2009, mis ojos no dan crédito, ¡domingo!

Nunca llamé a nadie, y quien vino lo hizo por propia voluntad, a veces regalando mis oídos en busca de reciprocidad. He gastado muchas horas leyendo y comentando poemas, acertijos, artículos de historia, curiosidades, recetas de cocina, reflexiones y recuerdos ajenos. Me he tirado al barro sin protección en discusiones sobre política, actualidad e ideas que me enriquecieron hasta que la intolerancia y la incomprensión me hicieron sopesar si de verdad merecía la pena mi entrega, mi tiempo, mi desazón, mi dolor de cabeza.

Me lo he tomado tan en serio que me he reprochado alguna vez no llegar a tiempo a la publicación de alguno de vosotros. Pero es que yo soy así, todo es importante, y si no lo es, lo visto de importancia. He sabido entender las normas, y las he acatado como nadie: me lees, me comentas; te leo, te comento; y si te sigo, te sigo de verdad.

Hoy se cumplen cinco años de aquel día en que, con miedo e incertidumbre, se inauguró este callejón, una prueba más que me convence de la rapidez con que pasa el tiempo, tanto, que ahora lo miro con otros ojos, me soy más tolerante, soy capaz de flexibilizar las normas, relativizo y me exijo menos, pero mucho más a la hora de escribir y publicar, quizá por ello me prodigo poco, pero los años me están enseñando que en todos los aspectos de la vida es más gratificante poco y bueno que una abundante mediocridad. Y no, no estoy diciendo que lo poco siempre es bueno, hay momentos en que la nada sería la mejor opción.


lunes, 18 de agosto de 2014

EL MAPA DE LA SOLEDAD


" Somos...Sí, lo mismo, con igual destino. Garúa borrosa de un día de abril. Un nido vacío y un viejo camino y un aire de ausencia muy triste y muy gris."
                                                                                      Homero Manzi



Nunca imaginé que llegaría para quedarse, pero el silencio llegó a acostumbrarse a sí mismo a fuerza de hacerse protagonista de mi cama, de mi sofá, de mi casa, de mis días y de mis noches. Ahora siento que la vida apenas me reserva efímeros instantes para la risa, que los lugares que habito quedan extremadamente lejos de mí, que me son extraños, ajenos, faltos de ruido y huérfanos de vida, y que por muchos kilómetros que haga, el ogro de la soledad me persigue y siempre acaba por alcanzarme. Hay cosas en la vida cuya sombra alargada siempre sale a tu encuentro sin que dependa de ti poder esquivarla; por mucho que corras en la dirección contraria a las manecillas del reloj jamás le acabas dando esquinazo. 

Así me alcanzó el alma la certeza de que el nido que durante años entretejí estaba vacío. A estas alturas ya no sé si es bueno intentar evitar que te alcancen las sombras o aceptar tu derrota en la partida con la vida y dejar que la oscuridad, poco a poco, te acaricie la carne y acabe por viciarte la sangre. 

Es tan fácil acostumbrarse a los besos que ahora que me faltan no sabría recordar cómo fue el último, si lascivo y carnal a quien tantos años cosió su vida a la mía, o ligero y sutil sobre la mejilla de mis hijos al salir de casa. Y ahora me pregunto a qué inhóspita atmósfera irán todos los besos que no puedo dar, a qué aire puedo decir vuestros nombres sin que el eco regrese a mí como un búmeran vengativo y asesino clavándose con precisión de cirujano donde más duele. 

La misma casa a la que arañábamos un rinconcito en el armario para los últimos zapatos, una rajita de aire en la repisa para un nuevo libro, un claro en la ropa tendida para otros calcetines o el espacio inexistente en la nevera para una lata de refresco más, ahora se me hace grande e inabarcable, se agiganta como una mancha de aceite que muy lentamente se expande en su particular conquista de baldosas vacías, dibujando en el suelo el mapa de la soledad. 

Ahora sólo me quedan recuerdos, momentos vividos y fechas marcadas en los almanaques como un mínimo ejercicio contra el olvido, una pequeña batalla ganada a la vejez; pero mis recuerdos no son de guión de cine ni argumento de novela, no son fotografías de galería ni pases de alfombra roja y tiros largos. Yo sólo viví una vida sencilla, trenzada de pequeños instantes con grandes emociones, de trabajo a deshoras y días para celebrar lo cotidiano; al final sólo se trataba de eso, de crear un mundo para compartir, un espacio ordenado, con sus propios ruidos, sus tiempos, su amor y su poesía. 

Y hacer que todo ello cupiese entre estas cuatro paredes amarillas. 

El principio se adivinaba de todos los colores y formas que caben en los espejos de un caleidoscopio, la ilusión por lo nuevo me tenía el corazón en un permanente latido, me disponía a crear mi propia familia. 

Y aquello iba en serio. 

Iba a zambullirme del todo en un mundo del que sólo conoces detalles de oídas, cruzar un puente hacia la madurez donde tendría que dejar de hacer algunas cosas y responsabilizarme de otras. Empezar a hablar en un idioma que no conoces y poner en ello todo el empeño. Sólo éramos dos, dispuestos a apostar en un juego lleno de incertidumbres y trampas, decididos a arriesgar y con los bolsillos llenos de proyectos; a lo lejos, un horizonte incierto y el miedo a lo desconocido. 

Echamos a andar sin quitar la vista del suelo, a pasitos cortos, tomando medidas para evitar sorpresas, dibujando el contorno de nuestra nueva vida, de nuestra casa, de nuestro hogar; y aunque no todo fue de color de rosa, los dos pusimos todas las ganas para hacer de dos caminos uno solo. Siempre supimos que el amor verdadero es capaz de convertir en realidad una utopía. Hicimos de la difícil convivencia todo un ejercicio de empeño en lo posible, y sin proponérnoslo, el devenir de los días se deslizaba sin grandes altibajos sobre un equitativo cincuenta por ciento. Era tiempo de sonreír desafiante a los espejos, de no temer al frío ni al futuro, de no esquivar la mirada al presente o de hacer cientos de kilómetros un día de tormenta. Pequeñas locuras que no lo parecen cuando eres joven y no atisbas ningún peligro que pueda poner fin a tu recién estrenada historia con visos de eternidad. Pero aquella historia parecía incompleta, como año al que se le olvidó su primavera por entre los resquicios de los almanaques. 

Y fueron llegando ellos, mis hijos, que poco a poco ocuparon su propio espacio en la casa y en nuestro corazón. El primero nació una tibia tarde del mes de abril, el segundo recién estrenado el mes de mayo dos años después, y la pequeña, una calurosa noche de septiembre, aquel año en que parecía que el verano nunca acabaría. Fue entonces, y sólo entonces, cuando me di cuenta de lo intensamente azul que puede llegar a ser el cielo a pesar de las nubes que a veces lo tintan de gris, de todo lo que ocultan unos ojos que miran hacia el suelo, del peligro que esconde la belleza de los acantilados, del porqué de nuestra existencia, del lugar que cada cosa ocupa en la inmensidad del universo y de lo importante que llegas a ser para otra persona que te quiere y a la que siempre querrás incondicionalmente, alguien por quien darías la vida sin ningún resquicio para la duda. 

Y decides olvidarte de tu carne para mimar la piel de los tuyos; dedicas el tiempo que no tienes a calmar la falta de horas que los acucia llegando a alargar los minutos como se estira un trozo de chicle. Siempre ocupando el último lugar para el reparto en la mesa, en la tienda, y hasta en la cola del baño. Un lugar que aceptas y al que tú misma te has relegado, casi a hurtadillas, sin que apenas se note, de puntillas para no alterar el ruido de la vida, callada para evitar que nazcan excusas. 

Eres el eje sobre el cual todo gira, como en un carrusel que da vueltas y vueltas para empezar una y otra vez desde el principio un día tras otro. Y tú, en tu pequeño carrusel giras para que todo esté en su lugar, con la maquinaria bien engrasada, la comida preparada, la ropa planchada, la mesa puesta y los besos guardados entre los labios por si hicieran falta. Siempre solícita, haciendo de tu vida un ejercicio de entrega sin esperar nada a cambio… pero, cómo te hubiese gustado más de una vez la recompensa de un abrazo después de tu entrega, cuántas veces esperaste un “te quiero mamá” a la puerta de sus cuartos. Y cuántas veces lloraste con tus propias lágrimas la pena que encerraban en sus corazones cerrados a cal y canto. Cómplice de sus historias no contadas, guardián de sus noches en vela, enfermera, amiga, confidente a ratos y siempre ángel de la guarda. Estás metida dentro de tal vorágine que te encuentras perdida, llegando a sufrir una crisis de identidad, y encima nadie te avisó de los cambios que los años traerían a tu cuerpo y a tu mente, y aunque seas tú la que necesite unos oídos bien abiertos a las palabras que pugnan por salir de tu garganta, el tacto firme de unos brazos para tus huesos cansados, el roce sutil de unos dedos acariciando tu pelo entrecano, siempre acabas hablando a esa desconocida que te mira incrédula desde el otro lado de los espejos. Ya no te perdonas un fallo, un error, una falta, un día triste, porque el día que te permites parar unos segundos acaba por invadirte el pánico, tienes la sensación de que estás en medio de algo que deja de funcionar por ti y que no controlas, algo que se empieza a desmoronar, que se derrumbará inevitablemente arrastrando consigo el entramado que hace posible el equilibrio perfecto en tu pequeño universo, y te ves flotando en el vacío, lejos de lo que eres y con los pies a un paso del abismo; pero a pesar de ello no tienes más remedio y te haces la valiente, das al botón de pause y te das cuenta, tras un silencio insultante, de que nada se desmorona a tu alrededor, que todo funciona, que la maquinaria sigue girando, y la certeza de que no eres imprescindible se te clava directa en la parte del cerebro que administra las emociones. 

El mundo que has creado seguirá en su órbita sin ti. 

Pero no, que no parezca que reniego de aquella locura en que se convirtió mi vida, de aquel lugar al final de la cola que elegí ni del peso que cargué sobre mi espalda como si el mundo fuera mío. Hoy, en mitad de la nada, con la soledad empujándome hacia el vacío, sola en medio de estas cuatro paredes amarillas repletas de ecos de otros tiempos que se alejan por momentos, daría parte de los años que aún me quedan porque todo fuese un sueño, que las ausencias que atenazan mi cuerpo fuesen un mal sueño, una pesadilla que se desmoronará al despertar como castillo de arena un día de lluvia, que las camas de mis hijos aún están deshechas y guardan para mis manos el calor de sus cuerpos entre los pliegues de las sábanas, que hay platos por lavar en el fregadero y problemas adolescentes que solucionar con un abrazo. Y que el ruido vuelve a posarse sobre las paredes a este lado de las ventanas. 

Nunca olvidaré el día en que mis hijos se marcharon de casa con una mochila cargada de futuro en busca de su propia vida, sin saber que a la vez iban vaciando la mía, dejando en su lugar el peso de la desazón y la sensación de que mi alma se hacía pequeñita hasta desaparecer. Ni el gris del cielo que se derramaba detrás de los cristales de aquel viejo hospital el día en que quien tanto compartió conmigo clavó su pupila en mi retina para decirme adiós para siempre en un susurro, con todas las palabras mudas naufragando en el mar de sus ojos. 

Adiós compañera. 

Desde entonces sueño cada noche que vuelvo a casa a buscarlo con todos los trozos de su vida entre los brazos para recomponer la mía, pero al final siempre acabo por volver para añorarle entre las cuatro esquinas de su fotografía, reprochándole entre sollozos que se hubiese ido dejándome en tierra, noqueada, como única heredera de mi pena y mi dolor, sin nadie a quien cuidar, sin apenas ropa que planchar, con el tendedero vacío, los fogones de la cocina apagados, y un reguero de besos desperdiciados que voy perdiendo por los agujeros de los bolsillos. 

Hoy daría parte de lo vivido por volver a poner en marcha aquel carrusel que me mantenía girando en mi órbita sin apenas tiempo para el pause ni el resuello, pero tampoco para el desdén o la desgana, ni siquiera para la melancolía. Ahora sólo veo muerte donde siempre hubo tanta vida, silencio donde sólo se escuchaba el ruido de una casa vivida, quietud hasta en el aire que respiro. 

Y el eco de las risas se diluye por entre las rendijas de mi soledad. 

Permanezco callada todo el tiempo, casi no escucho mi respiración; fuera queda el ruido, dentro, el silencio de los días muertos en que se convirtió mi mundo. En los espejos aparecen los restos de la reina de mi casa que fui, una reina sin rey y sin reino donde reinar. 

Sé que debería vivir cada minuto como si fuera el último, darme un tiempo de tregua para la calma y las ganas, pero noto que ni mi cuerpo ni mi alma tienen fuerzas para aceptar que las cosas que se van no vuelven, y me cuesta ver que ya no voy a seguir realizando sueños, que he ido dejando por el camino personas a las que quise con las uñas y los dientes y con un buen trozo de estómago. Y que ya no existe mi mundo con ellas, que la voz de una radio será mi única compañía, la ilusión de que en la casa habita alguien más que yo y mi soledad. Tampoco volverán a creer mis hijos los cuentos que les leía al borde de la cama para que sus sueños tuviesen siempre un final feliz, ni regresarán los veranos recogiendo caracolas al borde de una playa, ni las imágenes que tatuaron en mi retina los atardeceres de San Fernando. No habrá más tardes de juegos en familia ni lágrimas que enjugar por un desamor de catorce años. 

Hoy echo la vista atrás y pienso que todo ha pasado demasiado deprisa, que apenas me dio tiempo de saborear lo que estaba pasando por mis manos, quizá la velocidad de la vida no me dejó pensar y ahora sólo siento nostalgia del pasado. 

Nostalgia y frío. 

Intento desandar los caminos que ocuparon mi tiempo, pero al cabo siempre me hallo en la misma encrucijada y no sé si sabré recomponer la sonrisa en el mismo lugar en que la había dejado. En este sendero adverso y sin sentido, en este nudo de carreteras hacia el infierno sólo sé caminar de puntillas, avanzando y retrocediendo en silencio, preguntándome qué hago aquí recorriendo caminos ya agotados. 

Es difícil convivir con la tristeza, reencontrarte con tu espacio desierto y reconocerlo a pesar de la oscuridad. El silencio te enseña que ahora te toca vivir sola, sin las personas que compartían tu mundo, que se han ido lejos, muy lejos de ti, y sólo cabe esperar una breve visita en la que compartir recuerdos y momentos congelados en las fotografías que atesoras en el álbum de tu vida. Y notas que el frío acartona tus dedos mientras las sonrisas que fueron se convierten en metralla. 

En este nuevo puente que la vida te ha puesto a cruzar eres tú y sólo tú la que ha de encontrar motivaciones para seguir viva, aunque no sepas para qué o para quién. Debes poner a trabajar tus vísceras y tu alma para ganar la batalla al bucle de autodestrucción que te hace cada vez más pequeñita en tu nido vacío, tú la que has de recoger todos los pedazos de que estás hecha e intentar recomponerte de la forma más elegante y digna posible. 

Ignoro el tiempo que me queda apostada en esta esquina del crepúsculo, el reloj avanza hacia la eternidad y yo me acerco a mi final. Ahí fuera hay una especie de halo, una energía difusa que me cuida y me protege, una brisa amable que me empuja a la tarea de elegir un vestido para el día, pintarme una sonrisa adecuada, salir al sol que más calienta. Una manera de huir de mí misma ahora que veo más fácil contemplar la vida que hacerla. Los pequeños dolores alcanzan con sus tentáculos todos los movimientos, pero vagar por las ausencias es un dolor lo suficientemente fuerte como para acallar todos los demás. 

Y mientras me bato entre el rechazo al miedo y el silencio que duele mucho más que cualquier ruido, la realidad me obliga a mostrar todas mis cartas, y cada noche, a la hora de las sombras, acabo dibujando con mis pies los contornos del mapa de mi soledad.



Nota: El texto ganó el premio local del IV Certamen Nacional de Relato Corto "Con nombre de mujer" organizado por la Concejalía de Educación y Asuntos Sociales del Excelentísimo Ayuntamiento de Nueva Carteya, y a ella pertenecen todos los derechos. 
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