viernes, 30 de agosto de 2013

VIDA VERTICAL

"¿De qué sirve el calor del verano, sin el frío del invierno para darle dulzura?" 
                                                                                         John Steinbeck


Llegó tan de puntillas que algunos creyeron ver cómo un viento desorientado helaba los números sobre los calendarios, y hubo quien como yo quiso creer que las certezas a veces se convierten en casualidades. Pero no, sus tímidos pasos derivaron en zancadas de gigante horadando la línea del horizonte, y lo que algunos creímos a pies juntillas se fue diluyendo con la misma rapidez con que el verano caía a plomo sobre los campanarios de la ciudad, derritiendo el azul del cielo por los extremos.

A estas alturas sólo me queda rezar todas las oraciones que no me sé en un último intento para que retome su carrera hacia la lejanía, allí donde los meses se trastocan con los de este lado del mundo; con perdón.
Porque quiero volver a ser yo, sin miedo a los grados que perlan mi frente, retomar la vida vertical y activa, y envolver mi cuello de colores mientras el frío tensa mis mejillas ahí afuera y el húmedo asfalto vuelve a mis botas hasta la rodilla.
Porque donde algunos ven vida yo adivino la textura quebradiza de las hojas a punto de caer de los árboles amarillos, definitivamente muertas. Porque la vida, lejos de lo que pueda parecer, vuelve a brotar sobre su esquelética desnudez. Y yo, viva otra vez, como los árboles sus hojas, voy dejando caer, muy lentamente, la lasitud, el hastío, el tedio, la falta de ganas y hasta los grados que perlan mi frente.


martes, 2 de julio de 2013

Y AL PRINCIPIO FUE EL PARAÍSO

(...) Pero, cuando se ha vislumbrado el Paraíso, ¿Cómo contentarse con la vida de todos? Lo que para los demás es la dicha, a mí me resultaba irrisorio. Y cuando, sincera y deliberadamente, decidí un día hacer como todos, coseché remordimientos para rato...
                                  Alain Fournier

A mi primo Paco y a mi prima Mª Elena, 
que compartieron conmigo aquel paraíso.



Cuando no existe el futuro no cabe el miedo a encontrárselo de frente, y en mi paraíso no existía ese futuro amenazador que nos encara sin avisar cuando vemos pasar por nuestra vieja acera un año tras otro a velocidad de vértigo. Allí, cada tarde, el sol se derrumbaba detrás de los cerros rozándome la piel de niña y olvidando en mis pupilas todos los colores que vestía el cielo justo antes del anochecer, para renacer una y otra vez en un presente inacabable. Hoy sólo existe agazapado por los rincones más preciados de mi memoria, y recordar todo lo que en él viví me devuelve a borbotones toda una gama de sensaciones que hicieron de aquellos días el mejor legado que la vida dejó para mí, cuando aún no era consciente del tiempo que llevaba pegado a los talones con fecha de caducidad.

Alguien me dijo una vez que recordar que se ha sido feliz es una manera de volver a serlo, y yo lo vuelvo a ser, sin melancolía y sin tristeza por lo que ya pasó, y sí agradeciendo a quien corresponda que hiciera posible aquel paraíso para mí. Hoy, cuando evoco aquellos días, siento envidia de mí misma, y mataría por volver, aunque sólo fuera unas horas, a correr por aquel campo salpicado de amapolas mecidas por el viento.

Dicen que todos tenemos idealizada nuestra niñez, y creemos haber vivido los mejores años en ella, a veces borramos de un plumazo todo aquello que nos hizo sufrir, lo que preocupó y hasta atemorizó nuestro pequeño mundo infantil, y sólo recordamos, conscientes o no, el azul del cielo picoteado de nubes blancas y la suavidad del aire girando en nuestro gesto inmaduro. Sin embargo yo tengo la certeza de que mi paraíso fue una realidad, algo tangible, físico y corpóreo como mis pies sobre la tierra o este mismo papel en el que escribo, porque aún guardo el cosquilleo del agua helada del pozo en la garganta, y llevo tatuado en la palma de mis manos el aroma de las celindas y las azucenas que vestían de gala cada primavera la cuesta que llevaba hasta la casa de la huerta. Yo viví un sueño despierta.

El arroyo marcaba la frontera entre aquel mundo mágico y todo lo demás, cruzar el puente era el primer paso para zambullirse en otra realidad que iba más allá de un simple mundo infantil de juegos, era la vida plena colmando cada uno de nuestros sentidos, derramando sensaciones compartidas con aquellos a quien más quieres porque sí. Era un mundo desordenado dentro del más estricto orden que impone la naturaleza, podías correr, ensuciarte, mojarte la cabeza, tenderte en la hierba y hasta romper algunas normas.

Las estaciones eran la excusa perfecta para aprender el sentido y el por qué de todo lo que nos rodeaba, de todo lo que sucedía ante nuestros ojos ávidos de novedades. Éramos parte del ciclo de la vida que giraba en rededor de la mano de las leyes del tiempo que empezábamos a entender. La tierra era un mapa sediento tendido a nuestros pies que se bebía el agua que escapaba a toda prisa por un laberinto de regajos comunicados entre sí. Y en silencio, a horcajadas, casi a escondidas, podíamos escuchar el crujir de las matas que desperezaban sus brazos intentando alcanzar del cielo alguna nube huidiza.

A los ocho años ése, y no otro, era nuestro quehacer, observar para saciar nuestra curiosidad, atiborrarnos de olores, de tactos, de sabores, de colores, de emociones nuevas, …y jugar. Disponíamos de un sinfín de escondites, de rincones y árboles en donde crear y dar rienda suelta a la imaginación. No necesitábamos muñecas de goma ni coches a pilas, teníamos un arsenal de palos y piedras, hojas de níspero, nueces verdes redondas como pelotas, un laurel que subía hasta el cielo dentro del cual desaparecer, un automóvil de piedra en el que viajar todos cuando no tenía sábanas blanqueando en lejía, y un castillo con comederos debajo de la higuera que nos prestaban los cerdos justo después de San Martín. Teníamos un nogal gigante, un níspero con tronco en forma de y griega y una legión de granados puestos en fila cual ejército en formación. Y la sensación inolvidable de tomar la fruta directamente de los árboles.

La casa era perfecta para perderse y no ser encontrado durante horas, recuerdo una habitación pequeña en la que había montañas de sal que brillaba como cuando miras a través de un caleidoscopio con un simple giro de muñeca, atravesada por los rayos de sol que entraban por una diminuta ventana; era como entrar en el jardín de las nieves y tenerlo todo para ti. Arriba, tras los peldaños de una escalera de cal, había un granero que olía a maíz y trigo, a la derecha, una camarilla de techo bajo guardaba celosamente una vieja gramola cubierta de polvo que bien hubiera servido de inspiración al mismísimo Bécquer, “del salón en el ángulo oscuro”. En la casa no había tiempo para el tedio, subir al pajar de puntillas y notar bajo tus pies el crujir del suelo, salir al patio a espantar a las gallinas, esconderte en la piconera y salir con la cara tiznada de negro, escapar de la lluvia y ponerte a salvo en la cuadra hasta ver caer, por la ventana que daba a los rosales, muy lentamente, las últimas gotas de las hojas de la enredadera que daba sombra a la alberquilla. Recorrer los maizales, aquel mar infinito sin horizonte, y descansar alrededor de la chimenea tras batallar en nuestra pequeña patria sin bandera. 

Aquel rincón de la cocina nos reunía para el silencio y también para la fiesta, su recuerdo, cada año, me aviva con el chisporroteo de sus llamas, el verdadero sentido de la Navidad, cuando la familia engalanaba la mesa y no los platos más elaborados. 

Pero sin duda, el lugar principal, el epicentro, el punto alrededor del cual giraban los días azules en nuestro paraíso, era el recinto de la alberca. Los veranos se convertían en un punto y aparte en la monotonía de nuestras vidas de escuela, disciplina y horarios, cuando todos los caminos eran posibles y el mañana una promesa que nadie se afanaba en cumplir. Era tiempo de piel y de agua transparente. El sol sólo iluminaba el celeste de cada estío, nunca llegaba a quemar lo suficiente las lindes de la tarde, y el silencio se hacía utopía bajo la sombra de una parra. Por la noche, cuando el aroma de los jazmines se hacía más intenso y las sombras buscaban su sitio, un cielo oscuro, casi negro, desplegaba su seda de mago para que pudiéramos contar una estrella tras otra con la complicidad de la luna.

Sé que me faltan palabras para expresar todo lo que aquel lugar significó y aún significa en mi vida, las busco y no las encuentro, me afano inútilmente en hallar la expresión precisa, la frase perfecta para definir la atmósfera que nos rozaba en aquel paraíso, algo creado por no sé qué inmensa fuerza del universo y que sólo se siente en el lecho del alma.

Hoy, cuando paseo por las calles que un día fueron la tierra de mi paraíso, no veo aceras ni farolas ni casas, sólo consigo ver los escombros del lavadero y los muros derribados de la casa de la huerta. Pero me reconforta pensar que guardan el eco de mi párvula voz, y que existen huellas que aún reconocen mis pasos.


Nota: El texto ganó el segundo premio del VIII Certamen Literario de la Fundación Francisco García Amo de Nueva Carteya, y a ella pertenecen todos los derechos. 

lunes, 3 de junio de 2013

CON OTROS OJOS

"La amistad no conoce barreras ni de tiempo ni de espacio, y la distancia la mide no en kilómetros sino en ganas."
 


Ahora que sé el color de tu iris, que conozco el tacto de tu abrazo, que reconocería a kilómetros el eco de tu voz y me hice cómplice de tu risa, ahora digo, no hay distancia que nos abra el camino al olvido ni camino que no sea posible recorrer al encuentro.
Dicen que todos los días hay que recibirlos como algo especial e irrepetible, pero en realidad no siempre nos parece que exista un motivo por el cual señalarlos en el calendario, sin embargo yo siempre tendré enmarcado en el almanaque de mis recuerdos aquel fin de semana que me confirmó que no estaba equivocada, que el cariño cuando es sincero traspasa hasta los renglones del ciberespacio.
Desde esos días en que aprendimos juntas las esquinas de esta ciudad, las reconozco con otra luz, ya ves, esta ciudad nunca deja de sorprender, y ahora alzo la vista a los campanarios que antes ni sabía. Las calles que pateaba con la indiferencia de las prisas hoy me evocan la luz y el color de aquellos días, cuando rincón tras rincón eran presa para siempre de tus fotografías.

Ahora sé de la intensidad de las horas cuando se aprovechan segundo a segundo, no se hacen cortas, se hacen plenas, rebosan y se derraman hasta el dolor de tu reloj de muñeca, y todo llega a su fin. Despedirme de ti con un nudo en la garganta no me dejó soplarte todos los te quiero que me bullían al borde de una lágrima reprimida, quizá por eso, hoy, dejo caer las lágrimas porque te fuiste y me trago el nudo que me recuerda que tu abrazo no será físico y diario, y desde aquí te digo que me encantó conocerte y que si ya te quería, hoy te quiero más.

domingo, 5 de mayo de 2013

DOS MUNDOS


Qué no daría yo por empezar de nuevo 
A pasear la arena de una playa blanca 
Qué no daría yo por escuchar de nuevo 
Y esa niña que llega tarde a casa. 
Y escuchar ese grito de mi madre 
Pregonando mi nombre en la ventana 
Mientras yo deshojaba primaveras 
Por la calle mayor y por la plaza.

                                   Rocío Jurado  "Qué no daría yo"

Juntas en Fátima (Portugal)

Hay días en los que tienes la sensación de vivir en dos mundos al mismo tiempo y a la vez muy distintos entre sí, el de afuera y el de adentro. Hoy ha sido uno de esos días raros, y como cuando el sol sale y al poco se esconde detrás de una nube a reponer fuerzas para seguir vivo, yo he pasado de mi mundo de adentro al de afuera, huyendo hacia el exterior, como el sol, para seguir viva. 

Hay mundos que se presentan amables pero en realidad no lo son, te atraen hacia adentro, te succionan, y una vez te tienen agarrado el corazón, te dejan abandonado, solo, y no te queda más consuelo que lamerte las heridas y volver a recoger todos los cristales en que se rompió tu corazón, como la última vez, como siempre. 

Hoy traté de escapar, lo intenté antes de notar el primer crujido rebotando en las paredes internas de mi pecho, pero ya era tarde, ni siquiera tuve tiempo de encontrar una fotografía en la que las dos estuviéramos bien, serenas, juntas, para enseñarla y gritar al mundo que fuiste grande, mi guía, mi ejemplo único y mi verdadero sostén cuando las fuerzas dudaban. Que aunque estés lejos, te siento más cercana que a algunos seres que a veces tengo sentados a mi lado. Que te quiero, aunque eso ya lo sabes, pero hoy quería decírtelo de una manera muy especial, desde mi mundo de adentro, pero allí sólo encontré desamparo, soledad, y un silencio sólo roto por el crujido de los añicos en que se resquebrajaba mi corazón y un eco lejano que me recordaba que ya no estás. 

Ahora no sé si estoy en mi mundo de adentro o en el de afuera, aún ando recogiendo trozos y recomponiendo lo que hace tiempo dejó de ser un corazón intacto, entero, sin tiritas y sin mellas. A pesar de todo, la vida te regala de vez en cuando momentos, instantes indescriptibles, la sensación de que estás, da igual en qué mundo pero a mi lado, y que me permite decirte MAMÁ, TE QUIERO.


martes, 16 de abril de 2013

BUEN TIEMPO

"La maldad, justificada o no, argumentada o no, siempre se pierde en la ciénaga de su propia fealdad."
                                                               Ray Loriga "Ya sólo habla de amor"



No cabe en mi cabeza lo que llena la tuya contra la paz ajena. Tus motivos caen desnudos de razón al abismo del sinsentido si buscan mi mal, porque mi mal no curará el tuyo, sólo sirve para agrandar la pena y el dolor que nos rodea. 

Ahí afuera luce el sol sobre las cosas, los viejos árboles vuelven a ser novatos en esto de la primavera, y el ruido se vuelve a colar por las ventanas abiertas arrastrado por una brisa que gira sobre los tejados templados. La gente sonríe en una conjunción perfecta con la ciudad, tienen planes, son esas pequeñas cosas que dan sentido a la vida, pasear, charlar, compartir y hasta competir, buen tiempo para perder el tiempo corriendo al aire libre. Éste es el paisaje que nos regala la vida en abril, y hay quien ocupa sus días en engrisarlo todo, viciando el aire, mutilando almas y cercenando risas, en Madrid, Londres o Boston. 

Buen tiempo en abril para el miedo.

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