martes, 2 de julio de 2013

Y AL PRINCIPIO FUE EL PARAÍSO

(...) Pero, cuando se ha vislumbrado el Paraíso, ¿Cómo contentarse con la vida de todos? Lo que para los demás es la dicha, a mí me resultaba irrisorio. Y cuando, sincera y deliberadamente, decidí un día hacer como todos, coseché remordimientos para rato...
                                  Alain Fournier

A mi primo Paco y a mi prima Mª Elena, 
que compartieron conmigo aquel paraíso.



Cuando no existe el futuro no cabe el miedo a encontrárselo de frente, y en mi paraíso no existía ese futuro amenazador que nos encara sin avisar cuando vemos pasar por nuestra vieja acera un año tras otro a velocidad de vértigo. Allí, cada tarde, el sol se derrumbaba detrás de los cerros rozándome la piel de niña y olvidando en mis pupilas todos los colores que vestía el cielo justo antes del anochecer, para renacer una y otra vez en un presente inacabable. Hoy sólo existe agazapado por los rincones más preciados de mi memoria, y recordar todo lo que en él viví me devuelve a borbotones toda una gama de sensaciones que hicieron de aquellos días el mejor legado que la vida dejó para mí, cuando aún no era consciente del tiempo que llevaba pegado a los talones con fecha de caducidad.

Alguien me dijo una vez que recordar que se ha sido feliz es una manera de volver a serlo, y yo lo vuelvo a ser, sin melancolía y sin tristeza por lo que ya pasó, y sí agradeciendo a quien corresponda que hiciera posible aquel paraíso para mí. Hoy, cuando evoco aquellos días, siento envidia de mí misma, y mataría por volver, aunque sólo fuera unas horas, a correr por aquel campo salpicado de amapolas mecidas por el viento.

Dicen que todos tenemos idealizada nuestra niñez, y creemos haber vivido los mejores años en ella, a veces borramos de un plumazo todo aquello que nos hizo sufrir, lo que preocupó y hasta atemorizó nuestro pequeño mundo infantil, y sólo recordamos, conscientes o no, el azul del cielo picoteado de nubes blancas y la suavidad del aire girando en nuestro gesto inmaduro. Sin embargo yo tengo la certeza de que mi paraíso fue una realidad, algo tangible, físico y corpóreo como mis pies sobre la tierra o este mismo papel en el que escribo, porque aún guardo el cosquilleo del agua helada del pozo en la garganta, y llevo tatuado en la palma de mis manos el aroma de las celindas y las azucenas que vestían de gala cada primavera la cuesta que llevaba hasta la casa de la huerta. Yo viví un sueño despierta.

El arroyo marcaba la frontera entre aquel mundo mágico y todo lo demás, cruzar el puente era el primer paso para zambullirse en otra realidad que iba más allá de un simple mundo infantil de juegos, era la vida plena colmando cada uno de nuestros sentidos, derramando sensaciones compartidas con aquellos a quien más quieres porque sí. Era un mundo desordenado dentro del más estricto orden que impone la naturaleza, podías correr, ensuciarte, mojarte la cabeza, tenderte en la hierba y hasta romper algunas normas.

Las estaciones eran la excusa perfecta para aprender el sentido y el por qué de todo lo que nos rodeaba, de todo lo que sucedía ante nuestros ojos ávidos de novedades. Éramos parte del ciclo de la vida que giraba en rededor de la mano de las leyes del tiempo que empezábamos a entender. La tierra era un mapa sediento tendido a nuestros pies que se bebía el agua que escapaba a toda prisa por un laberinto de regajos comunicados entre sí. Y en silencio, a horcajadas, casi a escondidas, podíamos escuchar el crujir de las matas que desperezaban sus brazos intentando alcanzar del cielo alguna nube huidiza.

A los ocho años ése, y no otro, era nuestro quehacer, observar para saciar nuestra curiosidad, atiborrarnos de olores, de tactos, de sabores, de colores, de emociones nuevas, …y jugar. Disponíamos de un sinfín de escondites, de rincones y árboles en donde crear y dar rienda suelta a la imaginación. No necesitábamos muñecas de goma ni coches a pilas, teníamos un arsenal de palos y piedras, hojas de níspero, nueces verdes redondas como pelotas, un laurel que subía hasta el cielo dentro del cual desaparecer, un automóvil de piedra en el que viajar todos cuando no tenía sábanas blanqueando en lejía, y un castillo con comederos debajo de la higuera que nos prestaban los cerdos justo después de San Martín. Teníamos un nogal gigante, un níspero con tronco en forma de y griega y una legión de granados puestos en fila cual ejército en formación. Y la sensación inolvidable de tomar la fruta directamente de los árboles.

La casa era perfecta para perderse y no ser encontrado durante horas, recuerdo una habitación pequeña en la que había montañas de sal que brillaba como cuando miras a través de un caleidoscopio con un simple giro de muñeca, atravesada por los rayos de sol que entraban por una diminuta ventana; era como entrar en el jardín de las nieves y tenerlo todo para ti. Arriba, tras los peldaños de una escalera de cal, había un granero que olía a maíz y trigo, a la derecha, una camarilla de techo bajo guardaba celosamente una vieja gramola cubierta de polvo que bien hubiera servido de inspiración al mismísimo Bécquer, “del salón en el ángulo oscuro”. En la casa no había tiempo para el tedio, subir al pajar de puntillas y notar bajo tus pies el crujir del suelo, salir al patio a espantar a las gallinas, esconderte en la piconera y salir con la cara tiznada de negro, escapar de la lluvia y ponerte a salvo en la cuadra hasta ver caer, por la ventana que daba a los rosales, muy lentamente, las últimas gotas de las hojas de la enredadera que daba sombra a la alberquilla. Recorrer los maizales, aquel mar infinito sin horizonte, y descansar alrededor de la chimenea tras batallar en nuestra pequeña patria sin bandera. 

Aquel rincón de la cocina nos reunía para el silencio y también para la fiesta, su recuerdo, cada año, me aviva con el chisporroteo de sus llamas, el verdadero sentido de la Navidad, cuando la familia engalanaba la mesa y no los platos más elaborados. 

Pero sin duda, el lugar principal, el epicentro, el punto alrededor del cual giraban los días azules en nuestro paraíso, era el recinto de la alberca. Los veranos se convertían en un punto y aparte en la monotonía de nuestras vidas de escuela, disciplina y horarios, cuando todos los caminos eran posibles y el mañana una promesa que nadie se afanaba en cumplir. Era tiempo de piel y de agua transparente. El sol sólo iluminaba el celeste de cada estío, nunca llegaba a quemar lo suficiente las lindes de la tarde, y el silencio se hacía utopía bajo la sombra de una parra. Por la noche, cuando el aroma de los jazmines se hacía más intenso y las sombras buscaban su sitio, un cielo oscuro, casi negro, desplegaba su seda de mago para que pudiéramos contar una estrella tras otra con la complicidad de la luna.

Sé que me faltan palabras para expresar todo lo que aquel lugar significó y aún significa en mi vida, las busco y no las encuentro, me afano inútilmente en hallar la expresión precisa, la frase perfecta para definir la atmósfera que nos rozaba en aquel paraíso, algo creado por no sé qué inmensa fuerza del universo y que sólo se siente en el lecho del alma.

Hoy, cuando paseo por las calles que un día fueron la tierra de mi paraíso, no veo aceras ni farolas ni casas, sólo consigo ver los escombros del lavadero y los muros derribados de la casa de la huerta. Pero me reconforta pensar que guardan el eco de mi párvula voz, y que existen huellas que aún reconocen mis pasos.


Nota: El texto ganó el segundo premio del VIII Certamen Literario de la Fundación Francisco García Amo de Nueva Carteya, y a ella pertenecen todos los derechos. 

33 comentarios:

  1. Anónimo2/7/13 22:27

    Un lento escalofrío recrrió mi cuerpo a la vez que me satisfacía con tus letras. Me emocioné, lo confieso, al sentir que a mí memoria acudían recuerdos lejanos del que fue mi paraíso infantil.
    Sentí tus letras con el anhelo de un tiempo lleno de felicidad que, perteneciendo al pasado, volvieron a mi mente con la claridad del propio presente.
    Excelente texto. Mis felicitaciones. Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Doy por bueno haber colgado el texto si te sirvió para traer a tu memoria buenos recuerdos. Casi siempre son gratificantes cuando de la infancia se trata.
      Bienvenido Jorge.

      Saludos.

      Eliminar
  2. Que maravilla de texto y no menos maravillosos recuerdos no todos guardamos en las aceras del alma. Son tuyos, te pertenecen y dichosa tu que lo has vivido y disfrutado.
    Muy merecido el premio, yo te haría dado el el primero el segundo y el tercero.
    Gracias por compartan hermosos recuerdos.
    Bss

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ay mi Katy, qué mal jurado serías dándome todos los premios, jajajajaja...
      Sé que no todos tenemos buenos recuerdos de la niñez, yo no sabría a quién agradecer los míos.

      Un beso.

      Eliminar
  3. Felicidades, Elena, por este texto lleno de ternura, de inocencia, de levadura de la adulta posterior con una gran sensibilidad. Un gran abrazo.
    Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Fco. Seguro que sí, sin aquel lugar yo no hubiese sido la misma.

      Un abrazo.

      Eliminar
  4. Elena, no me extraña que haya gananado un premio tu relato... tu paraiso azul como lo llamas. Hay momentos de la niñez imposible de borrar donde un charco de agua es el mar y un árbol un gigante que llega al cielo. Me has emocionado con tu relato y me hiciste revivir recuerdos escondidos donde el paraiso existía.

    Un afectuoso abrazo, amiga.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Roberto.
      En realidad mi infancia la viví en un paraíso, y no, no lo mitifico, en verdad fue un paraíso.

      Un abrazo.

      Eliminar
  5. Tengo una doble razón para la felicitación: la hermosura del texto y la feliz infancia evocada, que yo también tuve, y por ello comprendo tan bien al leer el texto. Pocos recuerdos como los de la niñez, si son felices, consiguen arrancarnos de adultos, al mismo tiempo, una sonrisa de felicidad y una lágrima de nostalgia. Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me alegro por ti, haber vivido una infancia feliz sin duda es algo que siempre nos marca.

      Un abrazo DLT.

      Eliminar
  6. Que preciosos recuerdos tienes de tu paraíso infantil.
    Tu relato bien mereció ese premio. Creo que lo había leído otra vez y siempre me encantó.
    Besos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Has leído varios post sobre este tema pero no este relato en concreto. Son unos recuerdos tan hermosos que nunca me cansa evocarlos.
      Un beso Rafaela.

      Eliminar
  7. Hola Elena :)
    Primero enhorabuena, es un relato precioso, premio bien merecido, pero quizá un premio mayor aún el haberlo vivido. Gracias por compartirlo.
    Podía sentir y vivir cada imagen, ¡¡cuán felices fuimos en nuestro pequeño gran mundo!!
    Un besazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias María, sin duda el mejor premio es haberlo vivido. Fue tanto y tan intenso que apenas he sabido contarlo.

      Un beso.

      Eliminar
  8. Maravilloso, Elena , parece como si yo también hubiese vivido esos recuerdos de Infancia . Me gusta ese Paraíso y me ha emocionado muchísimo , Enhorabuena por ese Premio aunque creo que para ti el más hermoso y valioso Premio es haber disfrutado de ese Paraíso.
    Un abrazo grande

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí Charo, para casi todos la infancia es nuestro paraíso perdido, pero en mi caso existió ese lugar perfecto en que encuadrar aquellos maravillosos años.

      Un beso.

      Eliminar
  9. Manuel.
    Entrañable tema, pues tu paraiso de la infancia, es un recurdo maravilloso para los que fuimos testigos de la existencia de esa huerta.
    Aunque nunca estuve en la casa, recuerdo el puente, el arroyo
    el camino con granados y la casa que en las tardes de verano, le cubria la sombra antes que a otros lugares.
    Enhorabuena.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La huerta era un lugar mágico para adultos, imagínate para niños que tenían todo un mundo por descubrir.

      Gracias Manuel por tu comentario.
      Un abrazo.

      Eliminar
  10. Elena te dejé un comentario hace horas , pero ahora no lo veo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Perdona Charo, ayer tuve todo el día el ordenador apagado, ya sabes, un poco de descanso virtual que, de vez en cuando, viene bien.

      Un beso.

      Eliminar
  11. Elena, tienes que sentirte muy orgullosa de las personas que hicieron que tu niñez fuera tan bonita como describes en tu historia y son sin duda, y bien lo sabes, tus queridos padres, que supieron rodearte de un gran amor y dedicación.
    El jurado lo tuvo fácil a la hora de concederte el premio, pues segura estoy, que no tuvieron en sus manos ninguno con mas contenido que le hiciera sombra.
    Gracias y un fuerte abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola Teresa.
      No sólo tengo que estar agradecida a mis padres, aquel paraíso estaba habitado por tíos, abuelos, hermanos, primos e incluso amigos.

      En cuanto al premio, no fue el primero sino el segundo, el jurado sí encontró otro texto que le hiciera sombra.

      Un beso Teresa.

      Eliminar
  12. Se que la imaginación de los autores no tiene límites, pero una descripción tan perfecta, no sólo del lugar, también del tiempo y de la atmósfera de paz de aquel momento, sólo se pueden lograr si en verdad se estuvo allí. Un lujo de relato, derroche de sentimientos acuñados en cada frase. Tu niñez se la llevó el tiempo, pero lo vivido nadie te lo podrá arrancar. Antes de hoy no estaba seguro de que el Edén existía, pero tú me convenciste… ¡El Paraíso existe!... y tú viviste allí.
    ¡Saludos!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No hay mérito Juan Carlos, cuando posas los dedos en el teclado y dejas que se deslicen sólo empujados por el recuerdo de aquellos momentos tan intensos, todo fluye, sin esfuerzo... Pero me queda la sensación de que apenas si rozo con mis palabras, levemente, lo que yo sentí.
      Sí, el paraíso existe.

      Un abrazo.

      Eliminar
  13. Si pensaba que había comentado en esta entrada.

    No me extraña que ganase un premio y el primero tendría que ser por la belleza y la excelente redaccion que tiene.
    Un abrazo y enhorabuena.

    ResponderEliminar
  14. He tenido una infancia feliz, idealizada o no, pero creo que he disfrutado más de la vida cuando me he hecho adulto, cuando he sido más consciente de lo que me rodeaba. No soy de los que rememora mucho el pasado, me interesa más el presente y si acaso, el futuro más cercano.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Yo intento disfrutar cada momento de la vida pero ninguno me ha dado tanto como la niñez.

      Un beso Tawaki.

      Eliminar
  15. Te leo hoy, tarde. te leo y me salto los demás comentarios, quiero estar sola con tus recuerdos y los que has hecho florecer en mí, los míos, tan parecidos a ratos!
    Me ha emocionado esta forma tan íntima, tan hermosa de expresar el alma de una niña todavía perdida en esa infancia que nos parece el periodo más extenso de nuestras vidas, porque todo era magnífico, enorme...
    El primer premio tenían que haberte dado!
    Hermosísimo texto!

    Te aplaudo, como siempre, querida Elena!
    Un beso enorme!
    ;)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola Edurne, te contesto hoy, tarde, pero acabo de volver de mi pequeño retiro veraniego donde quise desconectarme los cables y las pantallas.
      Siempre bienvenidos esos recuerdos si te trajeron buenos sabores.
      Gracias y besos, Edurne.

      Eliminar
  16. Un texto hermoso la verdad me dio mucho gusto conocer el blog, aquí estaré visitándote. Saludos.

    ResponderEliminar

Gracias por dejar tu comentario

Related Posts with Thumbnails