domingo, 10 de abril de 2016

TAL VEZ...



“Si sabes adónde vas y qué harás, lo más probable es que termines sin saber quién eres.”
                                                               Andrés Neuman “El viajero del siglo”







Tal vez...

Busco una tranquilidad que me es esquiva, el tiempo se me escapa y me asfixia, se me anudan las entrañas con el alma y me agotan el oxígeno.
O me atrapó un sinfín que me sube, me sube, me sube hasta el azul… y me estrella contra el asfalto con alevosía muda y traicionera. Sé que mi carrusel es de mentira, una ilusión volátil y efímera, pero me aferro a la barra de mi caballito porque sólo en su vaivén paso de puntillas por este tiempo tacaño y escurridizo en estado narcótico y ausente.

Tal vez…

Olvidé que en el envés de mi latido existe una primavera donde brotan las palabras ahítas de emoción y a quien tira con fuerza de mis raíces tozudas y otoñales para devolverme a ella. Esquivo las bofetadas que profanan las lindes de mi morada más íntima, apago mis pupilas a la interrogante luz de una retina ávida de respuestas, defiendo mi fortaleza contra las indirectas directas al centro de mi frágil corazón parapetado tras el acero.

Tal vez…

Hay alguna señal de regreso, pequeñas pellizcadas en la boca del estómago. Quizás algunas palabras andan revolucionadas por salir de entre mis dedos. O sólo son trazos vacíos, lágrimas ya lloradas, risas ya reídas, sentimientos sentidos, emociones contadas. Grafías huecas, sin sentido y sin por qué. El eco de lo pasado.

Tal vez…

Todo vuelve a ser.


domingo, 15 de noviembre de 2015

MEJOR IMPOSIBLE





                                                
                              “Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad”
                                                                                                               Gladiador

 No sabría explicar, o quizá sí, por qué mis mejores viajes los hago siempre en el tren de la memoria; y heme aquí en uno de esos recorridos que poco a poco me llevan a desandar mi vida en blanco y negro. Hoy pienso en mi tío Antonio, y quiero que el viaje me lleve al primer recuerdo que tengo con él, cierro los ojos y retrocedo, lentamente, haciendo paradas en tantos y tantos momentos que disfruté a su lado, hacia atrás, un poco más, más…, y todos los intentos me apean siempre en el mismo lugar, la huerta. Veranos, Navidades y celebraciones, muchas celebraciones en familia; a nadie vi disfrutar tanto con esos pequeños detalles que nos regala la vida, una copa de vino, una tapa que lo acompaña, una broma, el beso de un ser querido, como a mi tío Antonio, y para ello tenía una pareja perfecta, su cuñado Adolfo, mi padre. Créeme si te digo que mi tío no se retiraba de la paella, y por ende de su cuñado, copa va, choricillo viene, y una copa más, y risa, mucha risa. Para disfrutar de la reunión el mejor sitio era donde estuvieran ellos a pesar de la diferencia de edad. Era impresionante la cantidad de anécdotas que contaban de “aquellos tiempos”, ninguno tenía hermanos varones, así que se hicieron ellos mismos hermanos y se querían como tales.

Creo que de ellos aprendí que para ser feliz sólo hay que saber sacar el jugo a todo lo que nos rodea, por simple que sea. Que todos los problemas tienen una solución a la que siempre se llega si en ello pones tu empeño y trabajo.

Mi tío Antonio no era un tío más, además de ser un miembro de mi familia era alguien a quien admiraba de verdad, era mi mejor maestro y créeme, he tenido muchísimos a lo largo de toda mi vida estudiantil, y aunque siempre sentí que sus clases eran amenas y muy muy muy provechosas, es ahora, en mi edad madura, cuando soy plenamente consciente de todo el bien que me hicieron sus métodos de enseñanza, su empeño en la correcta ortografía, su amor por la literatura y su afán por inculcarlo. 

Recuerdo su cara de orgullo al comprobar en una de esas reuniones familiares y de amigos que yo, alumna suya, aún recordaba el autor de muchas obras que los que no habían pasado por sus clases ya tenían olvidados. “Trabajo cumplido” decía su gesto. 

Quién dijo “lo breve si bueno dos veces bueno”, dónde colocar las haches en la frase “ahí hay un hombre que dice ¡ay!”, ¿acento o tilde?, …y las Rimas y Leyendas de Bécquer… uf, qué cantidad de cosas aprendimos gracias a él. Y qué bien nos hizo ese cuaderno de redacciones en el que no sólo dejábamos nuestros pensamientos, nuestros gustos, nuestros sentimientos, sino que también nos sirvió como una herramienta básica a la hora de construir frases con sentido y correctas desde el punto de vista de la ortografía. Supongo que tendría algún defecto como maestro, ¿quizá que hablaba en un tono muy alto?, no sé, quizá, por decir algo, porque lo que para unos es un defecto, para mí no lo es ya que prefiero el tono alto al susurro endormecedor en clase.

Sigo el viaje en este tren de la memoria, los momentos se sobreponen unos a otros y me dibujan una sonrisa casi sin querer. Mi tío era un negado para la cocina, no sé si alguna vez llegó a freír un huevo, eso sí, disfrutaba de la comida a pesar de su mujer, mi tía, que le avisaba de los excesos de la sal, de la grasa, del alcohol, del azúcar… Tampoco era un manitas para las cosas de la casa, lo recuerdo escoba en mano barriendo el “llanete” de la huerta y créeme, barrer no era lo suyo.

Poco puedo contar sobre sus quehaceres como político, todos sabemos de su compromiso desinteresado para con su pueblo, de su entrega incondicional y por supuesto de su honradez, no se puede dar más, no se puede pedir más.

Sé que sus amigos eran legión y eso no todo el mundo lo puede disfrutar, para ello debes estar hecho de una pasta especial.

Avanzo en mi viaje y lo veo en una cama de hospital, qué mayor se va haciendo, pero cómo conserva esa actitud cariñosa de siempre, cómo agradece la visita, qué ganas de reponer fuerzas y salir de allí para volver a casa con la familia, a charlar con algún amigo por el paseo, para seguir participando de los días festivos y de todos los actos culturales que ofrece Carteya, eso sí, bien vestido de chaqueta y corbata, “qué guapo estás tito” y él agarrándose el nudo de la corbata “a que sí sobri”.



martes, 15 de septiembre de 2015

EL LADO EQUIVOCADO





“Debemos arrojar a los océanos del tiempo una botella de náufragos siderales, para que el universo sepa de nosotros lo que no han de contar las cucarachas que nos sobrevivirán: que aquí existió un mundo donde prevaleció el sufrimiento y la injusticia, pero donde conocimos el amor y donde fuimos capaces de imaginar la felicidad.” 
                                                                                             Gabriel García Márquez

A veces imagino que no nací en este lado del planeta, que otro sol tatúa las arrugas en mi frente y que una tierra roja, seca y estéril se escapa de mis manos con la misma celeridad que la fina y dorada arena de una de esas playas que dormita en la memoria de un viejo cajón. Y me descubro dando las gracias a un Dios inexistente por permitir que mis ojos sean testigo un día más del azul que se esconde tras este cielo de grises al que siempre llamo sin obtener respuesta; porque allí, en ese mundo sin Dios, se pierde en la inmensidad de la nada el eco de todas las súplicas, de todos los llantos, los chillidos de dolor, los rezos, y el más mínimo atisbo de humanidad.

Hay días, de esos tontos, en que sin proponérmelo, vuela mi pensamiento y hasta los huesos notan la gravedad del vuelo, y me voy, lejos, a la otra cara de este mundo, ésa que ninguno llegamos siquiera a imaginar, allí donde las palabras han perdido su verdadero sentido y se han convertido en certera metralla, un lugar donde no queda sitio para el amor ni la poesía, ni siquiera para la risa de los chiquillos. Es difícil sonreír a boca llena cuando en el estómago caben todos los vacíos, y también en el alma. No hay ternura ni metáforas que alimenten un espíritu desvencijado, tanto como el puñado de huesos y piel que a duras penas me sostiene en pie. 

Imagino que reposo mi cabeza sobre un viejo cojín venido no se sabe de dónde, bajo un techo de ramas que cimbrea la negrura de una noche sin paredes. Contar estrellas no evoca ningún recuerdo hermoso de la niñez, el único recuerdo de cuando era niña es el de los alaridos de mi padre cuando un día, antes del amanecer, se lo llevaron los soldados y nunca supimos por qué. La guerra para nosotros no es un período de tiempo, aquí las guerras se suceden una tras otra sin apenas algún intervalo para la paz, y clamar al cielo no sirve de nada cuando estás en el mismo infierno.

Me veo en mitad de una tierra de náufragos, sobrevivientes que arañan segundos al aire para seguir vivos en un eterno invierno. A mi alrededor chiquillos de miradas infinitas suplicando sólo una milésima parte de lo que se les niega por haber nacido en el lado del olvido. 

Y la impotencia recorriendo el interior de mis venas como inquilino tozudo y al que nadie invitó.

Qué difícil mantener una ilusión, intentar conseguir un sueño en un mundo de desolación, hambre y guerra. No hay palabras de fe que calmen el dolor de quien vagabundea perdido entre decenas de almas sin futuro, y del presente lo único que importa es salir de aquí porque nadie llegó ofreciendo un mañana, nadie paró el reloj y dijo ya basta.

Este mundo delimitó sus fronteras con el trazo del saqueo, la tiranía y la injusticia, y un reguero de sangre inocente, poco a poco, va colmando las tripas de una tierra sedienta, insaciable. Quién sabe si al final acabará por estallar desde el interior, como un volcán cuya lava lo tiñe todo de rojo a su paso, volviendo a recolocar cada espacio desde más abajo aún que de sus propios orígenes.

Mientras, el tiempo pasa y no espera y hay que seguir viviendo aunque no se sepa cómo ni para qué. Se suceden los días con la sensación de que hay que hacer un ejercicio para todo, inventando una motivación constante para no tirar la toalla y seguir respirando. Buscando entre las piedras, arañando el agua bajo la tierra, y hasta esquivando las balas. 

Este mundo es marrón a pesar de la luz que la mañana derrama sobre su lienzo. 

Languidece la tarde, la noche deja caer su manto de silencio y miedo sobre el poblado, y la soledad, esa compañera indolente, más asentada que nunca se recuesta a mi lado, noto su aliento en la nuca, compartimos espacio, roba mi sombra. Con suerte, mañana seguimos vivos y hasta volverá a caer el maná del cielo. Siempre hay almas buenas y conciencias que aligerar de culpa, actos que nos hagan parecer más humanos.

En el aire miles de preguntas que es mejor no hacer: quién decide por nosotros, quién elige número y vez, por qué una vida vale según el lugar en que le tocó nacer. 

Mis pensamientos siguen siendo cortos y acelerados, a trompicones como sólo pueden ser en un mundo de sobresaltos. 

No existen los deseos, ni las ilusiones, ni siquiera la quimera de un sueño, y a pesar de todo decidimos seguir viviendo aunque sin saber cómo hacerlo, con la protección que brinda la intemperie. 

Y la sequía pisándonos los talones.

Daría lo que fuera por mirar a lo lejos y atisbar un horizonte aunque fuese incierto, tener que decidir entre varios caminos y equivocarme, errar, tropezar, caer y volver a levantar las ganas; poder verlo todo desde el cielo, desde donde sólo miran los que tienen los pies bien asentados en el suelo, y luego poder contarlo sin dolor ni agonía martilleando mis sienes. Pero esta vida te ciega como cuando miras al sol de frente y tienes que cerrar los ojos para no deslumbrarte, y notas que estás en mitad de algo incierto, oscuro, que te hace imposible reconciliarte con ella. 

Sé que me basta con abrir los ojos para descubrirme en una cama de sábanas de algodón con olor a recién planchadas, y que al levantarme el sabor de una taza de café acabará por entonar mi cuerpo. Luego una ducha caliente y una ciudad con miles de posibilidades al alcance de la mano. Pienso que ese mundo tan lejano en realidad está muy cerca de mí, viaja a través de mi almohada hasta aquel viejo cojín venido no se sabe de dónde. Pero no puedo sentir culpa por haber nacido en este lado, sí por la queja, la insatisfacción permanente, la debilidad, las nimiedades transformadas en montañas, los excesos, la codicia, la incapacidad de ser feliz a corazón abierto y, a veces, por no saber cuáles son las cosas que de verdad importan.

De golpe he aprendido que en la vida, cada día, nos exponemos al azar de una caída, un accidente de coche, una llamada que nos cambia la existencia, y para ello estamos más o menos preparados, pero que muy pocos de nosotros, o mejor ninguno, nos imaginamos víctimas de un azar caprichoso que nos haga nacer en el lado del hambre, la sed, la enfermedad, la guerra y la falta de ilusiones. Y que podemos negarlo durante años, silbar por encima de nuestro propio hombro, taparnos los oídos, cerrar los ojos, ojos que no ven… Pero la realidad es tozuda y no desaparece con sólo desearlo; se convierte en tema recurrente cuando escasean las noticias de interés y cíclicamente aparece en nuestros salones removiendo conciencias.

Sé que ninguna realidad cambia por plasmarla en palabras que la mayoría de las veces acaban relegadas al felpudo de los grandes eventos, pero al menos, creo, es un primer paso.

A veces imagino que nací en el lado equivocado.




Nota: El texto se presentó al I Certamen Literario Antonio Pérez Oteros de la Fundación Francisco García Amo de Nueva Carteya, y a ella pertenecen todos los derechos. 

lunes, 23 de febrero de 2015

MÁS DE LO QUE ME DAS



“Hay siempre en la vida y en los viajes ese cruce de trenes en que uno no sabe adónde va ni por qué se va.”
                                                                     Francisco Umbral “Las ninfas”





No sé si hago lo suficiente por ti más allá de sostener el hilo que cual cordón umbilical nos une como un todo indisoluble, como una madre a su hijo, como la noche y la mañana a los días. No me esfuerzo, no tengo ganas de quererte, atiendo a tu llamada como a una obligación, y al poco mis dedos y mis ojos desvían la atención y acabo por sentir, no sin culpa, el alivio de quien aligera el lastre sobre su espalda. 
Te me quedaste pequeño, colmé tus bordes de tristeza, aligeré el cuenco de mis ojos y agoté un mar de metáforas que no hacían más que añadir sal a la herida, a la vida, a mi vida. 

Pero pienso en ti. Siento una especie de cobardía que me impide cerrar la puerta como si detrás sólo las tinieblas me esperaran, como si yo dejara de ser yo tras echar el cerrojo, como si el arrepentimiento se fuera a extender cual mancha de líquido viscoso por mis vísceras, como si no hubiera para mí la posibilidad de dar marcha atrás. 

Y quiero más. Quiero la risa, la alegría, la anécdota, la polémica, la acción, la bulla, la inmediatez. 

No te dejo. No puedo. Pero quiero más de lo que me das y no sentirme culpable. 


domingo, 25 de enero de 2015

UN POCO MÁS SOLA



"Gracias por esta bella aventura, ahora te toca vivir una nueva. Te quiero"
                                                                             Una aventura de altura




A veces todas las palabras de fe no nos sirven como consuelo. Hoy sé que un corazón es capaz de ensanchar sus lindes hasta el infinito para abarcar toda la pena y el dolor que creía insoportable, inimaginable. 
Se deshilacha mi vida. El tiempo se empeña en arrancar de mi piel los jirones que aún puedo palpar y oler de aquel ser que fui y que se va desdibujando como una carretera que dejamos atrás una noche de niebla.

Recordarte, sí, el recuerdo es lo único que nos dejas, lo único que aviva la llama de todas las risas, de todas las miradas que llevamos dentro. Tras el desconsuelo nos quedas tú en la memoria, tú cerca de nuestro latido, tú en muchos de nuestros mejores momentos. No se marcha del todo quien vive en nosotros, y tú formas parte de mí. Y me es tan cercano tu recuerdo que aún puedo ver el verde de tu iris bajo el agua helada de aquella alberca de nuestros veranos. Distingo entre las voces el eco de tu voz llamándome al pie de las escaleras. Aún escuece en mi garganta el humo clandestino de tantos cigarrillos que nos hacían sentir mayores detrás de los granados. Y mi piel se calienta con el roce de tu pijama en tantas noches infantiles de sueños compartidos.

Nunca echamos de menos aquella hermana que ni tú ni yo tuvimos, nos teníamos la una a la otra, primas y siempre juntas. Sólo primas, y tan distintas que formábamos un todo, lo que a mí me faltaba tú lo tenías.

Hoy nos sentimos un poco más solos, pero además de tu recuerdo nos dejaste una lección de vida, aceptar el presente y poner todas las ganas en vivirlo a pesar del dolor.


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